‘No hay que olvidar a nuestros muertos’

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Francisco Olán/Grupo Cantón

VILLAHERMOSA, TABAS­CO.– Con una mirada al vacío y su mano izquierda en el bolsillo, el presidente electo de México Andrés Manuel López Obrador, reflexionó después de colocar dos arreglos florales en la tum­ba donde yacen los restos de su padre Andrés Manuel, su madre Manuelita y su hermano Ramón: los tres en los lotes 11,12 y 13 de la quinta calle del Panteón Central.

En ese momento pidió a su equipo de trabajo que lo graba­ran, porque sentía la necesidad de decir algo, un sentimiento que le nacía en lo profundo del corazón.

“Aquí están sepultados mis pa­dres y mi hermano, en este pan­teón de Villahermosa. Me doy tiempo para esto porque no hay que olvidar a nuestros finados. Me da hasta sentimiento. Pero ¡miren!, cuanta gente está aquí viendo a sus difuntos, por eso es una tradición…”, dijo.

Continuó hablando: “Decía el maestro Pellicer, antes que se hablara Castilla, ya había una mes dedicado a los difuntos, a los muertos y a las flores. Es­te es noviembre, les diría tam­bién: dichoso mes que empieza con Todo Santo y termina con San Andrés”, terminó, luego las personas se le acercaron para to­marse la foto del recuerdo.

A su paso por el segundo patio, quinta calle del Panteón Central, las personas seguían acompa­ñándolo, no querían que se fuera.

—Andrés te estamos espe­rando con manea —le dijo una señora—.

—La manea — respondió—.

—Tenemos de chile y ésta sin chile —señaló los tamales—.

—Ésta me voy a llevar, pero nada más un pedacito. Aquí pon­lo —le dio un plato desechable—.

—¿Estás a dieta? —le pregun­taron—.

—Dos, dos —refirió el núme­ro de maneas que se llevaría—.

—Ya te vas a llevar un poquito de chile, puro chile amashito. Ha­banero no —le respondieron—.

—Me llevo este pedazo. La manea, solo Tabasco —expresó y caminó a su vehículo estacio­nado afuera del cementerio. Las personas lo despidieron.

Del Panteón Central, se diri­gió al Recinto memorial. Llevaba un arreglo floral con crisantemos, claveles rojos y naranjas, flores de cempasúchuil y algunos gladiolos rojos, para dejarlos en el sepulcro de su exesposa Rocío Beltrán de López Obrador.

 

A las 10:00 horas llegó a la se­pultura de su difunta esposa Ro­cío Beltrán, quien falleció hace 15 años debido a un paro respi­ratorio, causado por una enfer­medad crónica. Al momento que llevaba el arreglo floral al sepul­cro de su exesposa, las personas del recinto se percataron y fue­ron a visitarlo para estrecharle la mano, tomarse la foto del recuer­do o hacerle alguna petición.

Al pie del sepulcro, pidió si­lencio a los presentes para dedi­car unas palabras a quien fuera su esposa por 23 años. Su voz no fue enérgica, esa a la que el pueblo es­tá acostumbrado escuchar en los mítines. Esta vez fue una voz do­lida, entrecortada, casi a punto de ser acompañada por lágrimas.

“Este es un homenaje a mi difunta esposa Rocío Beltrán, que me ayudó en los momentos más difíciles… Pero también es un homenaje a todos los difun­tos, todos los familiares que se nos adelantaron pero que allá donde están, están con noso­tros, están contentos ahora, hoy en su día”, manifestó.

López Obrador continuó di­ciendo “Vamos a estar siempre a la altura de las circunstancias, al cien ayudando al pueblo, a nuestro pueblo, a nuestro que­rido pueblo de Tabasco y a Mé­xico”, dijo, y se retiró del lugar estrechando la mano, abrazan­do y dando besos a las mujeres que se acercaban a él. Otros se acercaron a pedirle ayuda, y los envió con el gobernador elec­to de la entidad, Adán Augusto López Hernández.

—Señor, he luchado mucho por una cuestión legal… Le pi­do su ayuda por favor, estoy desesperada.

—Ve con Adán de mi parte, dile que me viste aquí en el Panteón, en el Recinto Memorial. Dile que yo te mandé con él —le respondió a una mujer que lo interceptó an­tes de que abordara la unidad que lo llevaría al Aeropuerto Interna­cional Carlos Rovirosa Pérez. Del aeropuerto, se dirigió a la Ciudad de México para continuar con su agenda de trabajo.