Una del metro

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Rodrigo Mojica

Moscú, Rusia.– Está la roja, la naranja, la azul, la amarilla, la verde, la morada, la pistache. Para no variar, y mantener esa universalidad de este medio de transporte masivo, los colores son los que identifican a las 14 líneas, que a su vez contienen 214 estaciones en total.

En Moscú principalmente, que es la capital de la gigante Rusia, ahora mismo convertida en el corazón de la Copa del Mundo, el Metro se convierte en una delicia para los que no tienen nave, o que simplemente gustan de ahorrarse unos pesos, para que de paso sepa más la aventura, como a este servilleta.

Poco más de 16 pesos es el costo total de un viaje, porque con una sola partida, sin que te salgas del subterráneo o el aéreo, puedes transbordar a placer.

Y como en toda ciudad o nación que goza de este servicio por demás vital, existen de todos sabores y gustos.

Está el que denota ese aspecto antiguo, porque destila romanticismo, el súper actual que incluso hasta tiene cuarto de firmas, o sea baño, y también el que parece más bien una sala de ópera o ballet.

Por ejemplo, el que te lleva al Estadio Luzhniki, sede de la apertura, Final, y tantos partidos del Mundial, es de los más novedosos, y deleitar con una partida, resulta una experiencia más que religiosa. Neta.

Pero igual está al que le dieron una manita y luce con vagones totalmente estilizados y apenas perfectos para mostrarse como anfitriones del torneo por excelencia del planeta.

El 15 de mayo de 1935 se inauguró el primer circuito para las rodadas de estos pintorescos gusanos que, según cifras extraoficiales, le dan ton a entre siete y ocho millones de moscovitas al día.

La frecuencia media de paso es de 90 segundos (en las estaciones más céntricas incluso menos). No vale la pena correr si oyes que llega un tren. Eso, sólo Flash.