Diario Basta!

Historias de fantasmas: La madre

 

Maruca vivía con su mamá, una anciana con demencia senil, que solía estar sen­tada tejiendo, siempre, con la mira­da perdida en quién sabe que mun­dos del pasado, pero también en un mar de angustia, con moretones nue­vos sobre los viejos, en el rostro aja­do por la edad. El carácter de Maru­ca le ahuyentó a los únicos dos pre­tendientes que tuvo y esto la dejó en un estado de astenia alimentaria y espiritual, por lo que se la cobró con su mamá. La anciana recibía gritos y golpes por discusiones imagina­rias con su hija, ya que sus problemas de salud, y el maltrato de la mujer, la dejaron muda. Pero Maruca regaña­ba y se ofendía por cosas que la inde­fensa anciana, ni siquiera pensaba. Y cuando la mujer guardaba silencio y se daba cuenta que su madre calla­ba, se llenaba de una cólera sorda y la agredía en su rostro, estómago, espal­da, gritando sin cesar: ¡Cállate! ¡Cá­llate!

Y todavía en la noche, Maruca se­guía escuchando que alguien peleaba con ella, y la ofendía, diciéndole las cosas que más le dolían: “¡Eres una arpía! ¡Nadie te quiere porque es­tás seca por dentro y por fuera!” “¡A los hombres les das asco! ¡Vives con tu madre y le pegas porque no puede defenderse… eres una maldita!”

Y un día la madre, calló, para siem­pre. Amaneció recostada con un ros­tro calmado y hasta feliz, a pesar del ojo morado y la mejilla con una corta­da. Fue entonces que, Maruca, como todo ser mezquino y cobarde, gritaba de arrepentimiento; y más que gritos, parecían aullidos. Nadie la escucha­ba en la soledad de ese lugar alejado. Cuando la enterró fue que los veci­nos se enteraron de cómo trataba a su madre, ya que ella misma relataba hasta lo de las voces a chillidos una y otra vez, con los ojos desorbitados. El sacerdote quiso escucharla, pero lo único que salía de ella eran sus la­mentos… no le prestaba atención.

Una vez en su casa, Maruca seguía discutiendo con algún fantasma que no era su madre, pero ella le increpa­ba ¡Cállate! ¡Cállate!, pero la voz se­guía: “¡Eres una mala hija!” “¡Perver­sa, malvada, sádica!”. Cuando el sa­cerdote fue a visitarla otra vez, ella le contaba que su madre la insultaba, pero que ya no era su voz, sino la de un hombre y que pronto lo empezó a ver: gordo, grande, de sonrisa malig­na. La perseguía por toda la casa in­sultándola.

Maruca sobrevivió a su madre, veinte días, y se ahorcó. Una mujer compasiva fue a ver cómo estaba y descubrió su cadáver descomponién­dose. Los vecinos aseguran que sus ojos tenían el terror dibujado en su rostro.