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En los pasillos del Centro Mariano hay una palabra que comienza a repetirse con frecuencia: estabilidad.
Redacción
El regreso de Monseñor Efraín Hernández Díaz a la rectoría de la Basílica de Guadalupe ha sido recibido con tranquilidad por quienes conocen de cerca la vida interna del santuario.
Después de meses de especulaciones, revisiones e investigaciones, la conclusión es clara: no se acreditaron irregularidades en su contra y hoy vuelve a encabezar una de las instituciones religiosas más importantes del continente.
Más allá de nombres o cargos, lo que muchos destacan es que su retorno devuelve certidumbre a una comunidad que diariamente atiende a miles de peregrinos y que requiere experiencia, orden y capacidad de conducción para operar un recinto de esta magnitud.

No son pocos quienes consideran que la Basílica necesitaba cerrar este capítulo para concentrarse nuevamente en su misión pastoral y en los desafíos que vienen para la Ciudad de México. Entre ellos, la llegada de millones de visitantes durante el Mundial de 2026, un escaparate global que volverá a colocar a la Basílica de Guadalupe entre los sitios más visitados y emblemáticos del planeta.
Por ello, dentro del Centro Mariano el sentimiento predominante no es de celebración política ni de revancha personal. Es, simplemente, la sensación de que las cosas vuelven a su cauce.
Y en instituciones de la dimensión espiritual, cultural y social de la Basílica de Guadalupe, pocas noticias generan tanta tranquilidad como el regreso de la estabilidad.