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Aclarando la capital entre la grilla y la responsabilidad pública

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Ana E. Rosete

Hay una vieja regla no escrita en la política mexicana: quien decide hacer territorio también acepta el escrutinio. Y eso parece estar alcanzando a Emiliano Rojas, el joven operador que presume en redes sociales su cargo como coordinador de asesores en la Cámara de Diputados mientras dedica buena parte de su agenda a recorrer calles de la alcaldía Cuauhtémoc para denunciar presuntas irregularidades del gobierno de Alessandra Rojo de la Vega.

La pregunta no es si puede hacer política. Claro que puede. La pregunta es otra: ¿cuándo trabaja en aquello por lo que cobra recursos públicos?

Porque una cosa es construir oposición territorial y otra convertir el horario institucional en plataforma personal. Más todavía cuando la narrativa del activismo choca con los hechos documentados por vecinos. Tras asegurar que policías intentaron detenerlo “por informar”, habitantes de Tlatelolco respondieron con otra versión: no era censura, dijeron, sino una intervención derivada de la colocación de propaganda en mobiliario público.

Y ahí aparece el problema de fondo: la política joven suele exigir transparencia a los gobiernos, pero pocas veces acepta aplicarse la misma vara. Si existen brigadas, recorridos permanentes, materiales, logística y operación territorial, también existe una pregunta legítima sobre cómo se financian esas actividades y bajo qué estructura operan.

La política de calle no está peleada con el servicio público. Lo que sí genera ruido es cuando ambos parecen mezclarse sin claridad. Porque en tiempos donde la ciudadanía documenta, graba y confronta narrativas en tiempo real, ya no basta con subir videos: también hay que rendir cuentas.

La respuesta desde la alcaldía tampoco tardó en llegar. Con tono directo, la alcaldesa respondió: “Mis queridos vecinos y vecinas, el joven tiene un muy mal maestro… qué lástima porque los jóvenes podrían tener un gran futuro, una forma de gobernar distinta”.

Y remató con una frase que dejó claro que el mensaje iba más allá del activismo territorial y apuntaba a una estructura política específica: “No mentir, no robar, no Monreal”. En la Cuauhtémoc, una vez más, la disputa ya no sólo ocurre en las calles; también se libra en redes, cámaras y narrativas.

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