Del trópico, a líder del PRD

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En 1996, con los antecedentes de las movilizaciones de miles de tabasqueños para exigir la anulación de la elección de gobernador, con sus marchas dirigidas al Zócalo capitalino y una mayor retribución de la riqueza de Pemex en zonas indígenas con bloqueos a campos petroleros, Andrés Manuel López Obrador salta de una etapa de lucha política de arrebato tropical, a una de diálogo institucional, al asumir el liderazgo nacional del PRD.

Desde antes de que el priísta Ernesto Zedillo asumiera el cargo de Presidente, el 1 de diciembre de 1994, López Obrador le marcó la agenda política con su protesta postelectoral en Tabasco, que sólo la supeditó el surgimiento guerrillero del EZLN, un mes después.

Se trataba de su activismo por evitar que Roberto Madrazo asumiera la gubernatura, por lo que puso en jaque al entonces recién llegado a Los Pinos. El entonces secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma, no logró aplacar la rebelión de los priístas tabasqueños, que desalojaron violentamente a perredistas en Plaza de Armas aquel 19 de enero de 1995. La respuesta de López Obrador fue dirigir nuevamente un “Éxodo por la Democracia” a la Ciudad de México, donde en junio de ese año ganó reflectores de medios al denunciar con archivos del PRI gastos por 240 millones de pesos en las campañas de sus candidatos.

Apenas habían pasado diez meses cuando Andrés Manuel retoma sus movilizaciones en zonas petroleras, y en una de ellas, ubicada en la zona indígena de Nacajuca, es herido en la cabeza en la respuesta de policías estatales y fuerzas federales.

Son estos dos episodios con los que el liderazgo estatal de López Obrador crece, a tal grado que a sus mí- tines que encabezaba en la Plaza de la Revolución para emplazar a Zedillo con sus demandas locales, acudían para solidarizarse con él los líderes de las diversas corrientes del PRD: Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Jesús Ortega, y demás líderes de las diversas corrientes al interior de ese partido.

Cuando llega el momento de elegir al presidente nacional del partido del sol azteca, el 19 de julio de 1996, el tabasqueño arrasa en las preferencias de sus correligionarios, al obtener el 73.9 por ciento de los votos, dejando atrás por mucho al veracruzano Heberto Castillo, y a la zacatecana Amalia García Medina.

Sabía que el resultado significaba unidad de corrientes al interior del partido del sol azteca, por lo que integró en su cartera de puestos de la dirigencia a la mayoría de ellas, pero también que tenía que dirigir un discurso institucional y de la legalidad que contrastara con el de la violencia del EZLN y del Ejército Popular Revolucionario (EPR), que acababa de surgir el 26 de junio. Su propósito era evitar que la inconformidad social se desbordara, y enfatizar la vía electoral para transformar el país, por lo que exigía desde entonces a Zedillo una reforma electoral y no dejar pasar un momento histórico, y desde entonces, demandar también el fin a las elecciones de Estado.

AMLO tenía sus reservas de que una reforma electoral podría significar la transición, por lo que asentó que el PRD revisaría su “aterrizaje” en la legislación secundaria. Desde entonces asentó su reclamó que mantiene vigente: “Mientras haya una supuesta democracia con un partido de Estado que a su vez hace elecciones de Estado, la democracia seguirá siendo una aspiración”.

Contrariamente al distanciamiento con los que fueron presidentes después de Zedillo, 25 días después, acudió a Los Pinos a enfatizar a éste una política de diálogo, en su afán de convencerlo de un cambio por la vía electoral, en condiciones de equidad para la oposición. En su agenda formulada a Zedillo, AMLO pidió deponer al gobernador Madrazo, para que “se castigue el atraco electoral, el derroche y la impunidad de Roberto Madrazo, porque nadie debe gobernar sin legitimidad política y autoridad moral”, como también que como Presidente no interviniera en elecciones locales.

A final de cuentas, Zedillo incumplió y pese ello, consiguió un mejor posicionamiento al PRD tras lo hecho por Muñoz Ledo, al conseguir que pasara gobernar de 7 municipios a 27 en el Estado de México; de 13 a 21, en Guerrero; de uno a 13 en Morelos y en el caso de la Asamblea Legislativa del entonces DF, un aumento de 7 curules a 70. Pero, el principal triunfo fue el logrado en la Jefatura de Gobierno del DF, con Cuauhtémoc Cárdenas.