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He escuchado esa frase varias veces en mi vida dicha por mujeres y la mayoría bajo el
contexto de la probable denuncia falsa por abuso o acoso. Hoy, amanecemos con la noticia de que un maestro de educación media superior, Alberto Israel Jasso Cruz, se quitó la vida, según sus palabras, “como acto de rebeldía, un sacrificio para que mejoren el sistema de justicia y se respete la presunción de inocencia”; en su carta de despedida también menciona la condena social, la falta de apoyos en el plantel en el que laboraba y la corrupción judicial; un probable proceso que aun siendo inocente, acabaría con sus
recursos, pero no con la estigmatización.
Todos los días suceden casos de falsas denuncias y siempre recuerdo el caso de Armando Vega Gil, miembro del grupo Botellita de Jerez, víctima de una acusación en redes desde una cuenta anónima bajo el contexto del #METOO en 2019 que, cansado de intentar limpiar su nombre, optó por colgarse de un árbol en el patio de su casa; en su carta póstuma escribió: “Debo aclarar que mi muerte no es una confesión de culpabilidad, todo lo contrario, es una radical declaración de inocencia; solo quiero dejar limpio el camino para que transite mi hijo en el futuro (…) la única salitda que veo frente a mí es la del suicidio, así que me decido por ella.”
Es un hecho que las mujeres vivimos en entornos violentos de abuso, acoso y feminicidio,
pero también lo es el cúmulo de denuncias falsas que llevan a un hombre a pasar por un
proceso injusto que inicia con la prisión preventiva oficiosa, los abogados que sacan dinero sin trabajar o que se venden a la contraparte, el sistema carcelario que sigue siendo “el hotel más caro del mundo”; los procesos que pueden tardar meses y hasta años sin resolución mientras una persona inocente paga por un delito que no cometió.
Insisto, hay acusaciones reales, la mayoría de ellas lo son, pero las otras, las que se llevan
la vida de personas inocentes y las consecuencias legales por una acusación de este tipo
son limitadas y en la práctica, difíciles de aplicar y solo las vías civiles podrían sancionar
medianamente una falsa acusación, la perspectiva de género pone más difícil la vara de la
justicia para sancionar las denuncias falsas, porque es la palabra de ella contra la de él. La
denunciante anónima que provocó el suicidio de Vega Gil no fue sancionada, ni en redes ni legalmente, la jovencita que denunció al maestro Jasso Cruz probablemente tampoco lo sea, y solamente se apela a la “conciencia” de la falta denunciante que está visto que no
tiene; el vacío legal ante el “ahora me lo chingo” es una gran asignatura pendiente dentro
del sistema penal. Descansen en paz ambos.
Ana María Vázquez
Dramaturga/Escritora
@Anamariavazquez
