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Ana E. Rosete
Cada año, la Semana Santa moviliza a millones de personas en todo el país. Procesiones, representaciones religiosas y vacaciones masivas convierten esta temporada en uno de los periodos de mayor actividad social, turística y económica. Pero detrás del fervor y la tradición, emerge un fenómeno poco discutido: el impacto ambiental que dejan estas celebraciones.

En México, la magnitud de los eventos religiosos y turísticos durante estos días se traduce en un incremento considerable de residuos. Playas, destinos turísticos y zonas urbanas registran picos de basura derivados del consumo masivo: plásticos de un solo uso, envases desechables y restos de alimentos que, en muchos casos, rebasan la capacidad de recolección de las autoridades locales.
El fenómeno no es menor. Aunque no existen cifras oficiales unificadas para Semana Santa, estimaciones en destinos turísticos señalan que durante este periodo pueden generarse entre 600 y 700 toneladas adicionales de basura. A ello se suma el comportamiento observado en otras temporadas festivas, donde la generación de residuos puede aumentar hasta 30%, lo que permite dimensionar el impacto ambiental de estos días.
En escenarios emblemáticos como Iztapalapa, donde se realiza una de las representaciones de la Pasión de Cristo más multitudinarias del mundo, la concentración de personas implica no solo retos de seguridad, sino también de manejo de residuos y limpieza urbana. Calles, plazas y espacios públicos quedan expuestos a una presión ambiental que suele resolverse de manera reactiva y no preventiva.
A la par del problema de la basura, las propias prácticas religiosas conllevan un consumo intensivo de recursos naturales. El uso masivo de flores para altares y procesiones, así como la elaboración de alfombras de aserrín, semillas y pétalos, una tradición presente en distintas regiones del país, implica la utilización de materiales efímeros que, tras cumplir su función simbólica, terminan convertidos en desechos.
El encendido de velas y veladoras, elemento central en rituales litúrgicos, también contribuye a la contaminación del aire, particularmente en espacios cerrados o de alta concentración. A esto se suma el uso de incienso y otros elementos que, aunque forman parte de la tradición, incrementan la presencia de partículas contaminantes.
El impacto se extiende al consumo de agua y energía. Durante Semana Santa, la demanda hídrica aumenta en ciudades y destinos turísticos debido a la afluencia de visitantes, la operación de servicios y la limpieza de espacios públicos y templos. En un país con crecientes problemas de estrés hídrico, esta presión adicional no es menor.
La movilidad también juega un papel clave. El traslado masivo de personas, ya sea por turismo o peregrinación, incrementa las emisiones contaminantes, al tiempo que satura la infraestructura urbana. La huella ecológica de la Semana Santa, en este sentido, no se limita a lo visible en calles y playas, sino que abarca un conjunto de impactos acumulativos que rara vez se contabilizan.
Pese a ello, el tema permanece prácticamente ausente del debate público. Las estrategias institucionales suelen centrarse en operativos de seguridad y derrama económica, dejando en segundo plano la gestión ambiental de un periodo que, por su escala, debería considerarse de alta prioridad.
El contraste es evidente: mientras la Semana Santa se consolida como una de las expresiones culturales y religiosas más importantes del país, sus efectos ambientales crecen sin una política integral que los atienda. La tradición, profundamente arraigada, convive con prácticas de consumo que responden más a la lógica turística que a la sostenibilidad.