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JAVIER LETHER
GRUPO CANTÓN
Ciudad de México.– El consumo de cristal, una metanfetamina de amplia disponibilidad en el país, se ha convertido en un problema creciente de salud pública en México, particularmente entre hombres jóvenes, lo que ha incrementado la presión sobre los servicios médicos y los centros de atención a adicciones, muchos de los cuales ya operan con carencias.
Datos del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones indican que en 2024 las metanfetaminas se posicionaron como la principal causa de atención por consumo de drogas en el país: 51 por ciento de las personas que solicitaron tratamiento lo hicieron por estimulantes tipo anfetamínico, superando al alcohol (20.5 por ciento) y al cannabis (12.6 por ciento).
La demanda de tratamiento por estas sustancias pasó de 9.5 por ciento en 2013 a 49.1 por ciento en 2023, lo que refleja una tendencia sostenida al alza durante la última década. Tan solo en 2024, 172 mil personas solicitaron atención por adicciones; de ellas, 85 por ciento fueron hombres, con una edad promedio cercana a los 30 años.
El psiquiatra especialista en adicciones Hugo González Cantú explicó a Diario Basta que este incremento también se observa en la consulta psiquiátrica, donde llegan pacientes con cuadros de consumo problemático, paranoia, ansiedad e insomnio asociados al uso de metanfetaminas. Añadió que, en la Ciudad de México, el fenómeno se presenta con mayor frecuencia en hombres que tienen sexo con hombres (HSH), grupo en el que también se han documentado casos vinculados a VIH.
El especialista señaló que esta situación se relaciona con el llamado chemsex, encuentros sexuales bajo el efecto de sustancias que pueden prolongarse durante horas o incluso días. “Antes no veíamos tanto chemsex; ahora llegan pacientes después de fiestas sexuales donde el cristal ya está presente”, explicó.
González Cantú aclaró que el consumo de cristal no provoca VIH por sí mismo; sin embargo, disminuye la percepción de riesgo y favorece prácticas sexuales sin protección, lo que incrementa la exposición a infecciones de transmisión sexual y complica la continuidad de tratamientos médicos.
Añadió que en México aún faltan mediciones específicas por población, ya que las estadísticas oficiales registran el aumento del consumo, pero no distinguen variables como orientación sexual, estatus de VIH o el uso de estrategias preventivas como la profilaxis preexposición (PrEP). A ello se suma el estigma, que provoca que muchas personas oculten su consumo por temor a sanciones o reprimendas en los servicios de salud.
El reto, concluyó, es integrar tratamiento médico, atención a la salud mental y prevención de infecciones dentro de políticas públicas basadas en evidencia, antes de que la crisis se agrave. “El consumo problemático no es un asunto moral, es un tema de salud”.
