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Entre internet, bajas ventas y lectores que envejecen, voceadores narran cómo un oficio que marcó a la ciudad sobrevive como memoria viva en las calles de México.
Javier Lether
Ciudad de México.- Antes de que la ciudad despertara con notificaciones en el celular, la noticia se anunciaba a voz en cuello. “¡Extra, extra!”, se gritaba desde las esquinas, cuando el papel aún manchaba los dedos. Los puestos de periódicos fueron, durante décadas, una extensión de la calle: pequeños altares de tinta donde se aprendía a leer el país todos los días. Marcaban el pulso de la mañana, eran faros en cada esquina: ahí se discutía la portada y se doblaba el mundo en cuatro partes.
En México, los voceadores existen desde principios del siglo XX, cuando el periódico se volvió un objeto cotidiano y la calle, su principal escenario. Tras la Revolución, los puestos se multiplicaron y se consolidaron como parte del paisaje urbano. Durante décadas, fueron algo más que un comercio: archivo, memoria y punto de encuentro. Hoy, muchos sobreviven como una forma de resistencia silenciosa.
José Luis tiene 73 años y atiende su puesto desde 1970, cerca de Paseo de la Reforma. Más de medio siglo frente a la ciudad. “Antes no importaba si en la mañana no vendía; en la tarde salía la noticia y se acababa todo”, recuerda. Vendía montones de diarios, cuando el papel era lo primero que se buscaba para entender el día. Hoy trae pocos ejemplares. “El internet nos puso la traba, pero aquí seguimos”, dice, como si repitiera una consigna.
Desde su puesto ha visto pasar la historia: el terremoto del 85, mundiales, visitas papales, presidentes cruzando Reforma. “Aquí he visto muchos cambios”, resume. Abre temprano y cierra de noche. El negocio lo atiende con su hijo. “Mientras haya quien lo trabaje, el periódico no se muere”, afirma.
Durante años, vender decenas de ejemplares era rutina. El quiebre llegó con internet. “Nos puso la zancadilla”, dice sin enojo. Hoy, la mayoría de sus clientes son personas mayores, lectores de costumbre, de café y papel. “A los jóvenes ya no les interesa, y es normal”, acepta. Aun así, abre todos los días.
Mónica, voceadora desde 1994, coincide. Llega antes del amanecer y a veces vende apenas unos cuantos ejemplares en horas. “Antes te ibas temprano con buena lana. Hoy puedes pasar horas sin vender uno”. Aun así, cada compra le devuelve el ánimo. “Cuando alguien se acerca y lo compra, motiva”. Para ella, el papel guarda algo que la pantalla no ofrece. “Te ayuda a leer mejor, a escribir mejor”, dice.
José Luis no cree que el oficio desaparezca del todo. “Mientras haya quien lo trabaje, va a seguir”.
Los puestos ya no son solo de noticias. Para sobrevivir, muchos venden otros productos. Aun así, el corazón permanece: un rectángulo de papel donde la ciudad se mira a sí misma.
Quizá algún día ya no se grite la noticia. Pero mientras alguien llegue de madrugada, acomode los ejemplares y espere al primer lector, los puestos seguirán ahí: discretos, tercos, contando la historia todos los días.