7 lecturas
Por Ricardo Sevilla
Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla debería ser expulsado inmediatamente de la Cámara de Diputados.
Y si el PRI fuera un partido con ética y dignidad, también lo deberían echar de ese partido. Pero los priistas no conocen la vergüenza.
Este sujeto, que ha seguido a pie juntillas las actuaciones beligerantes de Alejandro Moreno Cárdenas, es todo lo contrario a lo que debería ser un legislador.
Gutiérrez Mancilla, que es un valentón de pacotilla, ignora que un legislador agresivo degrada el recinto que ocupa, vulnera la legitimidad de su encargo y sustituye el imperio de la ley por la ley del más gandalla.
El tipo no ha logrado entender –porque su entendimiento es muy limitado– que la agresión en la labor legislativa no es una muestra de firmeza ni de defensa de principios.
Este porro ya agredió a Gerardo Fernández Noroña, al diputado Zenyazen Escobar y, en días recientes, a Arturo Ávila.
Pero pongamos las cosas en claro: los altercados de los priistas han suplantado por completo al debate deliberativo.
La violencia dentro del Congreso desmantela el principio de la legitimidad procesal: los legisladores que agreden reconoce implícitamente su incapacidad para convencer y opta por la coerción.
Gutiérrez Mancilla representa el clic y el performancismo rabioso.
Lamentablemente, la tribuna, que debería ser un canal de representación ciudadana, se ha convertido en un ring de demostración de hombría arcaica.
¿Quién la habrá dicho a estos sujetos que el poder se ejerce mediante el atropello del oponente?
Estos personajes no entienden que la Cámara de Diputados no es un espacio de fuero para la agresión impune, sino la máxima representación de la pluralidad política del pueblo mexicano. Pero ¿les importará? ¿Lo sabrán? ¿O solo son tontos y agresivos?