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¡Ya ni chillar es bueno!

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Por Ricardo Sevilla

El futbol contemporáneo, por locochón que parezca, ha sustituido los manuales de táctica por tratados de neumología y novelas de espionaje.

A las puertas del enfrentamiento entre las selecciones de México e Inglaterra, la delegación británica —esa aristocracia del balón que cotiza su liga en libras pero mide su templanza en miligramos— han salido con que quizá no den el ancho contra la escuadra tricolor. ¡Que porque está muy alto!

Sorprende que los inventores del juego, siempre tan propensos a cartografiar el mundo, descubran la altitud de nuestro país justo cuando ven que el Tri no ha concedido un solo gol en todo el certamen.

¡Pero no nos hagamos guajes! La queja británica no es un diagnóstico médico. ¡Qué va! Es un pretexto contra el ridículo. Es el clásico disclaimer anglosajón: si ganan, habrán conquistado la cima del Everest descalzos; si pierden, la culpa será de la maldición azteca.

Los ingleses, que aquí ya algunos comienzan a decirles sacatones, han decidido abrir el paraguas antes de que caiga la primera gota de sudor.

No son los únicos. En Ecuador la derrota contra el Tricolor también ha calado hondo.

Si uno se asoma a las redes sociales, veremos a los “analistas” especulando, murmurando y expectorando cualquier cantidad de jaladas.

Hau quienes, por ejemplo, hablan de “amenazas” y de una “mafia” invisible que, presumiblemente, los habría amenazado para que fueran bultos humanos en la cancha o, de plano, hasta habrían alterado las leyes de la física para impedir que sus delanteros embocaran el balón.

Incapaces de digerir el fracaso frente a una selección a la que, seamos honestos, solían mirar de soslayo, ciertos sectores han decidido mudar el análisis deportivo a las páginas de la crónica policíaca.

Es la sociología del resentimiento futbolístico: cuando el antiguo subestimado te somete en la cancha, es éticamente más cómodo argumentar que está muy alto o, incluso, hasta un complot criminal; todo antes que aceptar la superioridad del oponente.

La conspiración es, a fin de cuentas, el analgésico de los soberbios.

Pero más allá del melodrama extranjero y de sus pretextos de opereta, hay una certeza que late en la tribuna: la selección se está rifando el físico y, justo por eso, está haciendo historia.

Podrán dominar la economía del mundo, pero el pulso del futbol hoy se dicta desde el suelo mexicano. ¡Y ya ni chillar es bueno!

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