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Salinas tiene el agua hasta el cuello

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Por Ricardo Sevilla

El verdadero rostro del capitalismo de compadrazgo en México, la neta (como dicen en mi barrio) se retrata en la ventanilla de pagos.

Por un lado, tenemos al ciudadano promedio, el cliente de Elektra o Banco Azteca, sobre quien cae todo el peso del aparato de cobranza si se atrasa en la cuota de su motocicleta o su electrodoméstico.

Para ellos no hay prórrogas de veinte años, no hay suspensiones definitivas ni ministros de la Suprema Corte que congelen sus expedientes por lustros. Para ellos hay acoso telefónico, recargos brutales y la amenaza constante del embargo.

Y en el polo opuesto habita (y se mueve con pericia) Ricardo Salinas Pliego, un usurero soberbio e insoportablemente racista que convirtió la evasión y el litigio fiscal en una estrategia de financiamiento empresarial, utilizando el dinero que debió pagar en impuestos para seguir expandiendo un imperio mediático y comercial.

Ahora, el tipo ha salido con la gracejada de que regalará boletos para el Mundial.

Pero pide requisitos: que el ganador tenga (con sus tiendas de usura) un expediente crediticio impecable. ¡Vaya ironía! El tipo que se mofa de las instituciones en redes sociales y que insulta a los funcionarios públicos adopta ahora una pose paternalista para premiar la “buena conducta” económica de sus consumidores.

El nivel de audacia es pasmoso: el moroso fiscal más tristemente célebre de la historia contemporánea de México erigiéndose en juez de la moral financiera de sus clientes.

¿Con qué autoridad moral puede un deudor como ése exigir deudas impecables cuando él mismo acaba de ser sometido a un esquema de liquidación de 18 abonos para subsanar un desfalco multimillonario que arrastraba desde principios de siglo?

Es el colmo de la soberbia. No hay un ápice de dignidad en sus palabras, solo el resentimiento de quien se sabía derrotado por las resoluciones judiciales que confirmaron deudas superiores a los 48 mil millones de pesos.

¿Y sabe qué? Aunque siga montado en su cretinismo y el supuesto éxito que lo rodea, lo cierto es que Salinas Pliego está dando un desesperado grito de auxilio disfrazado de promoción comercial.

Y ya no puede tapar que tiene el agua hasta el cuello. Ahora mismo, Grupo Salinas enfrenta uno de los momentos más críticos de su historia, acorralado por un SAT que finalmente le cobró una parte sustancial de sus deudas de las últimas dos décadas, y por un mercado financiero que ya no confía en la viabilidad de sus (mentirosas) empresas de medios.

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