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Por Eduardo López Betancourt
Influencia determinante
China es una nación de historia milenaria y de dimensiones colosales. Su territorio abarca aproximadamente 9.6 millones de kilómetros cuadrados y su población oscila entre 1,410 y 1,413 millones de habitantes, lo que la convierte en uno de los países más extensos y poblados del planeta.
Durante décadas permaneció prácticamente aislada del resto del mundo. El 1 de octubre de 1949 triunfó la revolución comunista encabezada por Mao Zedong, que transformó profundamente la estructura política y social del país. Bajo su liderazgo se instauró un régimen severo que, al tiempo que consolidó el control interno y cierta estabilidad, mantuvo a China distante de la comunidad internacional.
Debido a su sistema político, las relaciones diplomáticas con otras naciones fueron limitadas durante largo tiempo. México, por ejemplo, estableció vínculos diplomáticos con China hasta 1972. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de conocer ese extraordinario país. En aquel momento los visitantes extranjeros llamábamos la atención por nuestros rasgos físicos; incluso, con cierta curiosidad, algunos habitantes comentaban que teníamos “ojos de vaca”.
La ciudad de Pekín contaba entonces con muy pocos automóviles, la mayoría pertenecientes a embajadas. En contraste, abundaban las bicicletas y los medios de transporte tirados por animales. Dos décadas después regresé y el cambio resultaba difícil de creer. Para entonces Mao había fallecido en 1976, y la capital, al igual que otras ciudades importantes, mostraba una transformación radical: edificios modernos, automóviles contemporáneos y un desarrollo verdaderamente extraordinario.
En la actualidad, China ejerce una influencia comercial determinante en el mundo. Prácticamente no existe ciudad donde no se encuentren productos fabricados en esa nación. Esta expansión ha representado un desafío significativo para numerosas economías locales, pues los artículos provenientes del gigante asiático, por su volumen y competitividad, resultan difíciles de igualar. Además, el país no solo produce bienes de consumo masivo; en el ámbito tecnológico y electrónico su presencia es prácticamente universal.
Otro asunto que merece atención es el relacionado con el tráfico de drogas. Diversas investigaciones han señalado a China como uno de los principales focos de producción de precursores químicos utilizados para la elaboración del fentanilo, un potente estupefaciente que ha causado graves daños a la humanidad y cuyo consumo se ha incrementado dramáticamente en diversas regiones del mundo.
Durante mucho tiempo la población china tuvo escasa movilidad internacional y sus condiciones económicas eran relativamente modestas. Sin embargo, históricamente los ciudadanos de ese país han buscado oportunidades fuera de sus fronteras, lo que explica la presencia de comunidades chinas en prácticamente todas las grandes ciudades del planeta. Ciudad de México no es la excepción. Hoy, en contraste, también se han convertido en viajeros y turistas cada vez más numerosos.
El notable progreso de China debería invitar a una reflexión profunda en países como México. Analizar sus estrategias de desarrollo podría resultar sumamente provechoso. No obstante, quizá el aspecto más digno de imitación sea la disciplina colectiva que ha caracterizado a su sociedad, factor que, sin duda, ha sido determinante en la consecución de sus impresionantes logros.