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Por Ana María Vázquez
¡No pasarán! fue el grito que popularizó Dolores Ibárruri “la Pasionaria” cuando la España de 1936 era asediada por el fascismo de Franco. La frase, tomada de un poema francés popular durante el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914), se convirtió en el grito del pueblo contra el totalitarismo y la represión, usado también por las guerrillas de los 70 y 80 en Latinoamérica. Y mientras al calor de la Segunda Guerra el fascismo avanzaba, Franco declaró “ya hemos pasao”.
Hoy, las preocupantes similitudes del trumpismo con los regímenes fascistas en España, Alemania e Italia, el aumento de la violencia, no solo contra países específicos, sino también contra los propios ciudadanos norteamericanos, culto a la personalidad (“mi propia moralidad, mi propia conciencia es lo único que puede detenerme”, declaró Trump). Andrew Paxton, el mayor especialista en fascismo del mundo, declaró durante la primera campaña de Trump que había que tomarse con cuidado el llamarlo fascista y le dio el beneficio de la duda; cuatro años después, en 2021 tuvo que cambiar su declaración al reconocer, para el reportero de Newsweek, que aquel fascismo y el proyecto MAGA, de Trump.
El historiador, que ya cuenta con 94 años, en una entrevista para el New York Times lo reafirmó en 1995: “el movimiento está surgiendo desde abajo de maneras muy preocupantes y eso es muy parecido a los originales…es lo real, realmente lo es”.
Durante los años 70 y 80 el fascismo en Europa estuvo prohibido y los grupos radicales fueron reprimidos; hoy, en el mundo, la ultraderecha en América Latina surge con marcados tintes fascistas y en apoyo a un Trump cada vez más radical, cada vez más impositivo, reclamando territorios “porque los necesita” apoyado por el Sionismo y los milmillonarios ansiosos de más tierras y recursos.
El grito de “¡no pasarán!” inmortalizado en canciones y carteles de la época vuelve a resonar ahora en un mundo convulso, atento al nuevo orden que se avecina y, sin embargo, quizá no nos dimos cuenta que el fascismo no terminó en 1945 sino que se camufló, hibernaba todos estos años para resurgir con mayor fuerza, porque el fascismo nunca se fue, solo observó y construyó sus puentes y raíces para resurgir con mayor fuerza, con mayor brutalidad, con mayor cinismo. Bastaron solamente 80 años para que la humanidad se olvidara; los politólogos dicen que el mundo se “recompone” cada 80 años, pero esta parece más una involución que una recomposición y ya sabemos cómo termina.