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Por Ricardo Sevilla
Andrés Manuel López Beltrán los está haciendo enfurecer en serio.
Pero quienes celebraron su salida de la dirigencia hicieron un cálculo equivocado. El peso político real no siempre se mide por el nombramiento que aparece en una tarjeta de presentación, sino por la capacidad de influir en las decisiones clave.
Sus críticos dicen que es un burdo imitador de AMLO. La cadencia en el hablar, el tono pausado y la pausada modulación de su discurso no son un disfraz; forman parte de la asimilación directa de una escuela de comunicación política construida a lo largo de tres décadas de movilización social y territorio junto a su padre.
Ahora bien, aquellos que interpretaron su salida formal del Comité Ejecutivo Nacional de Morena como un repliegue o un ocaso prematuro, los datos duros de la reestructuración interna revelan un movimiento táctico.
La retirada de la burocracia partidista no implicó una pérdida de capacidad operativa; por el contrario, le otorgó margen de maniobra para consolidar redes de influencia territorial sin el desgaste cotidiano del aparato administrativo.
Mientras otras figuras —como la gobernadora Marina del Pilar en Baja California— han optado por el silencio, la evasión estratégica o la vocería institucional para capear controversias como la revisión o estatus de sus visado estadounidense, López Beltrán asumió una postura de confrontación directa y aclaración pública.
Y fue un acierto.
López Beltrán entendió que la evasión genera vacíos de información que suelen ser ocupados por el encuadre mediático opositor, incrementando el costo político a mediano plazo.
Y al encarar el tema del visado de manera frontal, desactivó la narrativa de la opacidad y logró proyectar una imagen de transparencia, rasgos que son altamente valorados dentro de la narrativa de firmeza que exige la militancia de Morena.
Sin duda, ahí viene, con pasos agigantados, López Beltrán.