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Por Eduardo López Betancourt
Para ingresar a la UNAM
Durante algunos años tuve el privilegio de organizar, junto con la Dra. Emma Dolujanoff, los exámenes de ingreso a la UNAM. Incluso, en algo insólito, los aplicamos en el Estadio Azteca, donde los aspirantes utilizaban una tabla para contestar su evaluación. Más allá de las incomodidades que esto representó, el proceso se mantuvo dentro de un ambiente de respeto y orden, y más aún, ajeno al más mínimo fraude.
Ahora, se ha sabido de alteraciones en los cuestionarios de admisión, lo cual sin duda resulta lamentable, ya que existía la fama de que a la UNAM no se ingresaba por ningún otro medio que no fuera dicho examen.
Tengo muy presente el caso de un gran amigo mío, quien había ocupado todos los cargos conocidos del gabinete presidencial y que pretendió ingresar a su hijo a la UNAM; para ello, incluso lo presenté y desayunamos con el rector de aquel entonces, Francisco Barnes de Castro. A pesar de ello, el joven, que sustentó la prueba para la Facultad de Derecho, no fue admitido, lo cual me causó gran pena en lo personal, y tuvo que realizar sus estudios jurídicos en una escuela particular. Nótese lo estricto del examen de admisión universitaria, rigor que bajo ningún concepto debe perderse.
Todo lo anterior nos lleva a la reflexión de que tal vez los exámenes de admisión deban pasar a la historia. Desde siempre he considerado, y constatado (dado que apliqué dichos exámenes, como ya lo comenté, en los años setenta), que el resultado de dicha prueba es cuestionable, al margen de que ahora se le señale como engañosos; resulta inaceptable que en una sola hora un adolescente o joven determine su destino de continuar o no sus estudios. Todos tienen derecho a la educación, y el Estado está obligado a crear instituciones que lo garanticen.
Volviendo al tema, los exámenes de admisión son antipedagógicos y ahora, por desgracia, están señalados como fraudulentos. Insisto: todos tienen derecho a la educación, tal como lo establece el artículo tercero de la Carta Magna.
