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Por Lengua Larga
De Díaz-Polanco de la dirigencia
En los pasillos de la política capitalina hay una frase que se escucha con más frecuencia que los discursos de unidad en Morena: “ya era hora”.
Y es que la salida de Héctor Díaz Polanco de la dirigencia guinda dejó una extraña sensación… de absoluta normalidad. No hubo lágrimas, tampoco manifestaciones de respaldo, mucho menos una militancia desesperada exigiendo su permanencia. Si acaso, alguno preguntó quién se iba a quedar con las llaves de la oficina.
Dicen los que presumen conocer las entrañas del movimiento que aquello fue una renuncia muy elegante… de esas que uno presenta cuando ya entendió que quedarse tampoco era opción. Porque una cosa es irse por voluntad propia y otra muy distinta descubrir que todos los caminos conducían a la puerta de salida.
El chisme que corre como pólvora asegura que el Partido Verde, con Jesús Sesma como operador de cabecera, comenzó a ganar terreno donde antes Morena caminaba solo. Y que, del otro lado, Ernesto Villarreal terminó por convencer a más de uno de que el relevo era urgente si querían llegar vivos al 2027. Nadie lo admite públicamente, pero en política los silencios suelen ser más elocuentes que los boletines.
Lo cierto es que Díaz Polanco nunca consiguió convertirse en el dirigente que necesitaba la capital. Mientras otros partidos aceitan estructuras, recorren colonias y preparan candidaturas, Morena en la Ciudad de México parecía navegar con piloto automático. La operación territorial brilló por su ausencia, la interlocución con los grupos internos fue escasa y la dirigencia terminó convertida en un elegante club de reuniones donde abundaban las reflexiones… y escaseaban los resultados.
Porque sí, Héctor Díaz Polanco podrá tener una trayectoria académica impecable. Nadie le regatea libros, conferencias ni reconocimientos. Pero dirigir un partido político no es un seminario universitario. La política se gana con operación, territorio, acuerdos y control interno; no con citas bibliográficas.
Y mientras la Ciudad de México empezaba a mostrar fisuras electorales, el dirigente parecía más ocupado en administrar inercias que en construir músculo político. El resultado quedó a la vista: una renuncia anunciada por él mismo, envuelta en agradecimientos y buenos deseos, aunque en los corrillos del poder la lectura fuera muy distinta.
Al final, en Morena nadie pierde… todos “inician una nueva etapa”. Así funciona el diccionario de la Cuarta Transformación.
Lo único cierto es que cuando un dirigente se va y casi nadie pregunta por qué, quizá la respuesta estaba escrita desde hace meses.
