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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Sin duda, un personaje especial, particularmente dentro del panismo cuando este era verdadero opositor del voraz priismo: en el pujante y sin duda progresista estado de Baja California surgió la figura de Ernesto Ruffo Appel. Ahí, sin más, ganó la gubernatura, algo insólito y digno de re-conocimiento. Esto sucedió en 1989; fue el primer gobernador de oposición, pero además gozó de un gran respaldo popular, por lo que se convirtió en un símbolo de gran respetabilidad.
Ahora se le ha señalado, al parecer, como autor de conductas graves relacionadas con el con-trabando de hidrocarburos. Por supuesto, hay quien piensa que se trata de una venganza política, lo cual sería sumamente lamentable. Es indispensable que el tema de su detención se maneje con toda objetividad; bajo ningún concepto deben dejarse cabos sueltos. Si es culpable, ¡adelante! Pero debe disiparse la sombra sobre un personaje respecto del cual no deberían existir dudas, más aún en este momento en que hay gobernantes señalados que, por causas diversas, no han enfrentado su responsabilidad ante las acusaciones provenientes particularmente del País vecino. Es imprescindible que en México la justicia se administre con precisa imparcialidad. En este renglón se han dado cambios que bien pueden confundirse con inexperiencia y, peor aún, con incapacidad.
Ernesto Ruffo, como cualquier otro ciudadano, debe ser tratado con respeto y contar con todas las facilidades para demostrar plenamente su inocencia. Ese principio, lamentablemente, en nuestros días se ha visto bastante menoscabado. Todo individuo, e incluso las personas morales, son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Por desgracia, en el caso de Ruffo ya se ha dictado una sanción mediática por demás lamentable. Se le trata ya como autor del contra-bando de hidrocarburos, causándole un daño irreparable, pues los organismos responsables publicitan el hecho y generan prejuicios de igual magnitud.
Insistimos: el principio de presunción de inocencia debe ser absoluto y jamás deben adelantarse juicios, relegando la defensa a un aspecto secundario.
