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El espejismo tecnológico de Casarín

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Por Ana E. Rosete

En la política capitalina existe una máxima que nunca falla: los gobiernos que más hablan de innovación suelen ser los que menos tiempo dedican a escuchar. Álvaro Obregón parece haberse convertido en el ejemplo más reciente.

Javier López Casarín llegó a la alcaldía envuelto en un discurso de tecnología, inteligencia artificial, ciudades inteligentes y modernización administrativa. Un perfil distinto al del político tradicional, al menos en el papel. Sin embargo, conforme avanzan los meses de gobierno, la narrativa comienza a chocar con una realidad mucho menos sofisticada: vecinos inconformes, obras cuestionadas y una administración que parece convencida de que comunicar es más importante que convencer.

La controversia por la intervención en Avenida de La Paz es ilustrativa. En lugar de abrir un verdadero proceso de diálogo con residentes y comerciantes, la respuesta oficial fue reducir las protestas a un problema de “percepción”. Una explicación cómoda para cualquier gobierno que prefiere culpar al ciudadano antes que revisar sus propias decisiones.

Algo similar ocurrió con la proyectada Utopía del Parque Japón. Más allá de si el proyecto es positivo o no, la discusión dejó al descubierto un estilo de gobierno que parece partir de una premisa peligrosa: si la autoridad asegura tener razón, las voces críticas simplemente son ruido político. Gobernar una alcaldía tan compleja como Álvaro Obregón exige mucho más que estadísticas optimistas.

La situación tampoco ayuda cuando se revisan los antecedentes políticos del propio alcalde. Su campaña quedó marcada por observaciones de la autoridad electoral relacionadas con la fiscalización de gastos, un episodio que difícilmente fortalece el discurso de transparencia con el que suele presentarse.

Casarín insiste en presumir indicadores de seguridad, innovación y sustentabilidad. El problema es que los gobiernos no se evalúan únicamente por los boletines que producen, sino por la confianza que generan. Y esa confianza comienza a erosionarse cuando las decisiones relevantes terminan enfrentadas con los propios habitantes de la demarcación.

Álvaro Obregón no necesitaba un alcalde influencer del servicio público. Necesitaba un operador político capaz de construir acuerdos en una alcaldía atravesada por contrastes sociales, conflictos urbanos y enormes retos de infraestructura. Hasta ahora, el sello distintivo de la administración parece ser una estrategia de comunicación muy eficiente… pero una capacidad mucho menor para procesar el disenso.

En política, la innovación nunca sustituye al oficio. Se puede hablar de inteligencia artificial, plataformas digitales y gobiernos del futuro. Pero cuando las decisiones se toman sin convencer a quienes vivirán con sus consecuencias, lo único verdaderamente inteligente termina siendo la propaganda. Y la propaganda, por definición, nunca tapa los baches, nunca resuelve los conflictos vecinales y, sobre todo, nunca sustituye al buen gobierno.

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