32 lecturas
Por Eduardo López Betancourt
El ingreso de los Pumas a la antigua Segunda División no representó mayor problema. Éramos amateurs, universitarios; el equipo jugaba por amor a la camiseta, con corazón y sin dinero. Así lo quisimos: Pumas no sería negocio.
La verdadera batalla llegó en 1962. Ese año, un equipo humilde pero lleno de garra venció en la final de ascenso al temible y poderoso Poza Rica, entonces gigante de la Segunda División. Pumas se ganó el paso a Primera en la cancha, con todo merecimiento.
Fue entonces cuando estalló el conflicto en Rectoría. El Doctor Ignacio Chávez, rector en ese momento, se opuso tajantemente a que Pumas jugara en Primera. Sin embargo, se abrió espacio para que intervinieran Israel Garrido, funcionario contable, y la Comisión de Vigilancia Administrativa del Consejo Universitario, de la que formé parte como consejero universitario y que dirigía el contador público, y más tarde doctor, Arturo Elizundia Charles, Director de la Escuela Nacional de Comercio, hoy Facultad. El argumento del Rector era ético y comprensible: “La Universidad no admite el deporte profesional de alta gama”. Temía que el profesionalismo empañara el espíritu universitario y buscó impedir el ascenso.
Los mencionados convencimos al Doctor Chávez de que la UNAM no podía conformarse con ser de segunda, de que debíamos estar entre los mejores y demostrar que era posible competir en Primera con dignidad universitaria, sin convertir al equipo en una empresa mercantilista. Lo logramos: Pumas entró a Primera.
Y que no se olvide: en su primera temporada, 1962-1963, Pumas estuvo a punto de regresar a la Segunda División. Ese fue el precio de ser diferentes, de no comprar estrellas y de jugar con estudiantes.
Dejo este testimonio como verdad absoluta. Estuve ahí; no me lo contaron. Pumas no es producto del dinero ni de la televisión, sino del corazón de unos cuantos universitarios que creímos que la UNAM debía estar siempre en lo más alto.
