89 lecturas
Por Gustavo Infante Cuevas
Hay días que sabes que vas a recordar para siempre.
El partido entre México y Chequia no fue simplemente otro encuentro de una Copa del Mundo. Para mí fue mucho más que eso. Fue el día en el que cumplí un sueño que llevaba toda la vida esperando: vivir un Mundial desde la tribuna, en casa, en el Estadio Azteca.
Y qué manera de hacerlo.

Desde que entré al estadio se respiraba algo diferente. No era solo la expectativa de un partido importante; era la sensación de que estábamos viviendo un momento histórico. El Azteca vibraba como pocas veces lo he sentido. Cada himno, cada grito, cada aplauso y cada jugada hacían que la piel se erizara.
México ganó 3-0 y cerró una fase de grupos perfecta. Tres partidos, tres victorias y ni un solo gol recibido. Una actuación que quedará para siempre en la historia del futbol mexicano.

Pero, curiosamente, lo que más voy a recordar no son los goles.
Voy a recordar la emoción de miles de personas abrazándose sin conocerse. Voy a recordar a familias completas cantando el Himno Nacional con lágrimas en los ojos. Voy a recordar cómo, por noventa minutos, todos éramos simplemente mexicanos.
He tenido la fortuna de conocer estadios increíbles. He estado en el Santiago Bernabéu y he vivido noches de Champions League. Son experiencias espectaculares, pero lo que viví en el Azteca fue distinto. Hay una mística imposible de explicar. Su historia pesa, su gente lo hace único y, cuando juega la Selección en un Mundial, el estadio se convierte en algo que trasciende al futbol.
Al terminar el partido fui al Ángel de la Independencia.
Ahí entendí que este Mundial realmente hace honor a su nombre: United 2026. Porque, al menos por unas semanas, logró unir a México.

Miles de personas celebrando juntas. Gente cantando, abrazándose, ondeando la bandera con un orgullo que hacía tiempo no veía. Por unas horas dejamos de lado las diferencias, los problemas y las preocupaciones. Solo existía una alegría compartida.
Y eso vale muchísimo.
Este equipo ha conseguido algo que durante mucho tiempo parecía imposible: volver a hacer que el mexicano crea. Que se ilusione. Que vuelva a sentirse orgulloso de su selección.
Se nota un grupo comprometido, con hambre de trascender y consciente de la responsabilidad que representa defender los colores de un país de más de 130 millones de personas.
No sé hasta dónde llegará esta selección en el futuro.
No sé si algún levantará la Copa del Mundo.
Pero sí sé que ya logró algo muy importante: volver a unir a un país entero alrededor de un mismo sueño.
Y haber estado ahí para vivirlo, para sentirlo y para contarlo, es un privilegio que jamás voy a olvidar.
Gracias, México.
