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Jugadores chapulines

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Por Eduardo López Betancourt

El mundo futbolero mantiene un alto nivel de corrupción en todos sus ámbitos. La célebre y desvergonzada FIFA ha conducido al deporte favorito del planeta a sus momentos más dramáticos, donde todo se reduce a vulgaridad, cinismo y negocio.

Precisamente en esto último se inscribe la venta de jugadores, quienes, como en un mercado de esclavos, se someten al más descarado tráfico de la dignidad humana. El cariño por la camiseta pasa a segundo plano; lo que importa es ganar a como dé lugar. Así, de pronto, un Kylian Mbappé juega en el París Saint-Germain y después en el Real Madrid: su presencia obedece al dinero, pues no es más que una fábrica de goles. Recientemente ocurrió el caso de Lionel Messi, quien decidió enriquecerse de manera notable llevando su fortuna a Miami; de igual forma, Cristiano Ronaldo se marchó a ganar dinero a Arabia Saudita.

Lo cierto es que este fenómeno, la ausencia de arraigo hacia los colores, se repite en todo el mundo, y México no es la excepción. Desde antes de iniciar el campeonato, los distintos equipos ya comienzan lo que ellos llaman “reforzarse”. Así, a Pumas, América y otros clubes llegan futbolistas que antes militaron, por ejemplo, en Monterrey, Necaxa o algún otro conjunto. El planteamiento es claro: se acabó el afecto por la playera, terminó el sentido de pertenencia de aquellas épocas en que un jugador jamás se cambiaba de equipo. Tal fue el caso de las Chivas de Guadalajara, para quienes figuras emblemáticas como Jaime “El Tubo” Gómez, Salvador Reyes o Héctor Hernández difícilmente habrían aceptado vestir otra camiseta; era prácticamente impensable. El mismo fenómeno se vivía con las grandes escuadras: el Atlante, los “Potros de Hierro”, o los antiguos “Electricistas”, nada menos que el Necaxa.

Eso era amor al fútbol, pasión por el deporte, sentido de identidad, devoción por los colores; era la lealtad más acrisolada, cuando este deporte formaba parte de nuestros corazones. Hoy, en cambio, alentamos a quienes llegan del extranjero solo a cobrarnos, verdaderos “chapulines” que cada semestre buscan quién les pague más. Esto ya no es fútbol: es un vulgar negocio.

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