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Por Eduardo López Betancourt
Se usa el término como ofensa
La sordera es un mal terrible que impide a las personas mantenerse integradas en su círculo social. Sus consecuencias son devastadoras, aunque, por supuesto, en la actualidad existen medios eficaces para superarla.
En algunas ocasiones, sin embargo, el término se utiliza más bien como una manera de ofender, lo cual puede resultar desagradable o, simplemente, incómodo. Lamentablemente, esta situación se presenta en las propias familias, donde se llama “sordo” a alguien como forma de descalificarlo o lastimarlo, y no porque en verdad tenga un problema auditivo.
El sordo de la familia es quien incomoda, a quien se le dice que no entiende, que todo lo hace mal, que es el difícil. Con frecuencia se le culpa de todos los males, se invalidan sus opiniones y se le atribuye la responsabilidad de cada conflicto.
Lo peor de todo esto es que quien sufre el estigma llega, en algún momento, a aceptar el problema como propio y empieza, literalmente, a levantar la voz; en síntesis, comienza a sentirse, irónicamente, el sordo.
En realidad, se convierte en el “chivo expiatorio”, y el daño alcanza dimensiones psicológicas en las que el desprecio es la constante. A la víctima se le genera un trauma complejo, al extremo de llegar a considerar que no merece amor, ni siquiera comprensión.
Es importante no propiciar ese ambiente en el seno familiar. Ya existen, de por sí, suficientes conflictos externos que deben ocupar la atención de todos los integrantes de una familia, como para además agredir a uno de sus miembros, cuando la unidad y el respeto deberían ser la norma. Y resulta aún más doloroso cuando a quien se denomina “el sordo” es uno de los progenitores, y un hijo o un cónyuge le grita al otro: “eres un sordo, por eso no entiendes y eres el causante de todos los males”.
Es imprescindible que la familia se unifique para salir adelante sin buscar culpables, en lugar de incomodar y hacer sentir enfermo a quien, lejos de merecerlo, debería recibir gratitud y comprensión.