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Por Ana E. Rosete
@espinosa_rosete
La Ciudad de México lleva meses vendiendo una imagen de fiesta global. La postal perfecta: estadios llenos, turistas maravillados, calles vibrando con banderas y una capital convertida en escaparate internacional. Pero debajo de esa narrativa optimista hay otra ciudad. Una que sus habitantes conocen demasiado bien: la del tráfico interminable, las obras eternas y las lluvias que convierten avenidas enteras en ríos improvisados.
Porque sí, el Mundial llegará. Lo que no queda claro es si la ciudad llegará lista para recibirlo.
Basta recorrer algunos puntos clave para entender el tamaño del desafío. El trayecto del aeropuerto al sur de la capital puede convertirse en una prueba de paciencia incluso en días normales. Ahora imaginemos esa misma ruta con miles de visitantes adicionales, caravanas de transporte oficial, cierres viales, dispositivos de seguridad y aficionados intentando moverse al mismo tiempo. La movilidad capitalina ya opera al límite; el Mundial podría terminar por exhibir todas sus fracturas.
Y luego está el clima. Junio y julio no son precisamente meses amables para la CDMX. Son semanas de lluvias torrenciales, coladeras rebasadas y vialidades colapsadas en cuestión de minutos. La ciudad se inunda por rutina y no por sorpresa. Lo preocupante es que, a pesar de ello, las autoridades parecen apostar más por el maquillaje urbano que por soluciones estructurales.
Mucha pintura, muchas conferencias y demasiadas simulaciones.
El problema no es únicamente logístico. También es político. Porque un evento de esta magnitud suele convertirse en una vitrina de poder. Todos quieren aparecer en la foto: alcaldes, secretarios, operadores, aspirantes. El Mundial será utilizado como plataforma electoral disfrazada de celebración deportiva. Y en esa carrera por capitalizar reflectores, lo cotidiano vuelve a quedar relegado. Mientras se anuncian corredores turísticos y “zonas FIFA”, millones de capitalinos seguirán atrapados en traslados de dos horas para recorrer menos de diez kilómetros.
Hay algo profundamente desigual en la forma en que la ciudad se prepara para estos eventos. Las zonas que lucirán impecables serán las de siempre: corredores turísticos, avenidas principales y áreas cercanas a los recintos deportivos. El resto quedará fuera de cámara. Porque el Mundial no solucionará la crisis del agua en Iztapalapa, ni las fugas del Metro, ni la inseguridad en el transporte público. Apenas las cubrirá temporalmente con espectáculos y propaganda.
Y quizá ese sea el verdadero riesgo: que la capital confunda organización con apariencia. Que piense que basta con esconder baches detrás de una lona institucional para estar preparada ante los ojos del mundo.
La Ciudad de México sabe sobrevivir al caos. Lo ha hecho siempre.