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Por Salvador Guerrero Chiprés
@guerrerochipres
Históricamente, las urbes han funcionado a partir de un subsidio invisible, gigantesco y profundamente injusto: el tiempo de las mujeres, quienes regalan millones de horas diarias a cambio de un agotamiento crónico.
Este mayo, en el mes dedicado a las mamás, el Congreso de la CDMX ha dado un golpe de timón a partir del impulso de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, con las reformas para elevar a rango constitucional el derecho al cuidado.
La tendencia es eco de una ola global de ciudades vanguardistas decididas a romper con el modelo de “hombre proveedor” y “mujer cuidadora”. Uruguay cuenta con su Sistema Nacional Integrado de Cuidados; Bogotá implementó las Manzanas del Cuidado, con centros comunitarios donde las mujeres pueden dejar a sus hijas o hijos y ahí mismo encuentran una lavandería pública, espacio de bachillerato o de salud.
En la CDMX, el papel de Brugada ha sido fundamental. Con las Utopías le dice a la mujer que su jornada no tiene por qué ser de veinticuatro horas y al promover ese derecho a rango constitucional protege una política pública destinada a desfemenizar el cuidado y redistribuirlo entre Estado, comunidad, mercado y hombres.
De esa forma, el cuidado se asienta como un cuarto pilar del Estado de Bienestar, junto con la salud, educación y vivienda, frente a la contundencia de datos: las mujeres destinan casi tres veces más tiempo al trabajo del hogar no remunerado en comparación con los hombres.
Si la mujer sabe que un familiar está bien atendido en un centro de día y sus hijas o hijos están en un espacio seguro, puede insertarse en el mercado laboral y, sobre todo, deja de ser “invisible” para el sistema.
En vísperas del Día de la Madre, esta reforma es el paso de la “madre monumento” a la “madre ciudadana” y el posicionamiento de la Ciudad de México como vanguardia en América Latina por su capacidad de entender la economía desde las entrañas del hogar.