101 lecturas
Por Eduardo López Betancourt
Mi amigo el Doctor José Pérez Bernal, destacado cirujano sevillano, me encomendó una tarea imposible: relatar lo que Morante de la Puebla ejecutó el pasado 16 de abril en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Sin duda, una faena destinada a perdurar en la memoria, donde el aroma de claveles, jazmines, incienso y mirra lo impregnó todo.
Pretender explicar una obra maestra es una audacia que pocos pueden permitirse; algo que ha de apreciarse y valorarse en la misma dimensión que los lienzos del maestro Diego Velázquez, de Leonardo da Vinci o de Miguel Ángel.
El éxtasis se apoderó del público. La firmeza del percal se impuso desde el primer instante, con la distancia medida en su justo término; y después, en lo inesperado, él mismo tomó a su cargo tres pares de banderillas y el último par de rehiletes lo hizo posado en una endeble silla, con una entrega sin precedentes. Al término de tan exigente tercio, continuó sedente en la silleta y fue allí, tras el gesto de olímpica indiferencia al cruzar la pierna, donde los muletazos se sucedieron uno tras otro sin que nadie pudiera dar crédito a lo que contemplaba. La gloria se había consumado, y llegó el momento de saborear con gratitud la magnificencia de aquella tarde irrepetible.
Errar con el acero resultó, en ese contexto, completamente irrelevante; lo cierto es que el tendido al completo mostraba su emoción hasta enmudecer, rendido ante lo indescriptible.
Como viene siendo habitual, las presidencias, de talante marcadamente antitaurino y con la arrogancia que las caracteriza, le negaron los trofeos. Una decisión que, a la postre, se reveló innecesaria: el público le exigió incontables vueltas al ruedo, lo alzó en hombros y le tributó una salida en triunfo por la puerta grande, acompañado por la banda, que se sumó al fervor con sus mejores notas. Aunque la justicia pedía que abandonara el coso por la Puerta del Príncipe, quienes debían abrirla se mostraron mezquinos.
La obra de Morante no admite explicación. Cada aficionado tiene el legítimo derecho de interpretarla a su manera.
El precio del torero, quien con frecuencia ofrece la vida en el altar de la arena, se cobró su deuda pocos días después, cuando la sangre de Morante volvió a teñir el albero, sembrando un dolor profundo, aunque nunca resignación. Morante de la Puebla regresará. Sencillamente, no puede irse quien tanta grandeza le ha entregado a la más hermosa de las celebraciones: la Fiesta Brava.