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Teotihuacán y el eco de la simulación

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Por Lengua Larga

El disparo en Teotihuacán no solo rompió el silencio de una zona sagrada. Rompió algo más incómodo: la narrativa cómoda con la que políticos, de todos los colores, han administrado la violencia en México.

Porque lo que vimos no encaja en el guion de siempre. No fue narco, no fue ajuste de cuentas, no fue “entre ellos”. Fue un ataque individual, impredecible, en un sitio turístico lleno de familias. Y eso, justo eso, fue lo que nadie quiso discutir.

La oposición salió, sí. El Partido Acción Nacional, el Partido Revolucionario Institucional, hasta Movimiento Ciudadano.

Todos con el mismo libreto reciclado: condenas, exigencias, preocupación por la “imagen del país”. Mucho ruido, cero fondo.

Porque es más fácil exigir informes que aceptar que el modelo de seguridad ya no alcanza. Más rentable hablar de protocolos que reconocer que México también enfrenta amenazas que no vienen del crimen organizado, sino de individuos que rompen cualquier lógica previa.

Ahí es donde se les cae el discurso.

Ni una sola propuesta seria sobre cómo blindar espacios públicos, cómo detectar riesgos de agresores solitarios o cómo adaptar la estrategia de seguridad a esta nueva realidad. Nada. Solo declaraciones que duran lo que dura el ciclo de indignación.

Y mientras tanto, el país paga.

No solo en turismo, no solo en reputación rumbo a eventos internacionales, sino en algo más profundo: confianza. Porque si un sitio como Teotihuacán puede convertirse en escenario de un ataque así, la pregunta ya no es política, es inevitable.

¿Qué lugar sigue? Pero esa pregunta no cabe en un posicionamiento. No da titulares cómodos. Obliga a pensar, y eso, en la política mexicana, sigue siendo opcional.

Por eso todos hablaron. Y por eso, otra vez, nadie dijo nada.

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