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Por Xóchilt Bravo Espinosa
Lo ocurrido ayer en la Pirámide de la Luna, en la zona arqueológica de Teotihuacán, nos sacude profundamente como sociedad.
Nada justifica la violencia. Y nada puede explicar el dolor que hoy viven las familias de las víctimas, en un sitio que representa lo mejor de nuestra historia e identidad como país. A sus seres queridos, les expresamos toda nuestra solidaridad, respeto y acompañamiento en este momento tan doloroso.
Este hecho no sólo debe indignarnos, sino nos obliga a reflexionar con seriedad. Al momento de escribir estas líneas, todavía no se conocían las motivaciones del agresor, quien aparentemente terminó con su propia vida. Habrá que esperar a las investigaciones de las autoridades.
Sin embargo, es inevitable mirar hacia un tema que ha cobrado creciente relevancia en nuestro país y el mundo: la salud mental. Vivimos tiempos complejos marcados por el estrés, la ansiedad y múltiples presiones sociales que impactan la vida de todas y todos.
En México se han dado pasos importantes para reconocer la salud mental como una prioridad y avanzar en su atención desde las instituciones públicas. Queda claro que se trata de un desafío permanente, que requiere fortalecer capacidades, ampliar la cobertura y, sobre todo, consolidar una cultura de atención oportuna y cercana.
No podemos normalizar que haya personas que lleguen a un punto de ruptura tan profundo. Tampoco podemos ignorar que, cuando la salud mental no es atendida o intervenida a tiempo, puede derivar en consecuencias devastadoras para la propia persona y para quienes la rodean.
Por ello, es fundamental seguir sumando esfuerzos desde el Estado, las comunidades, las familias y cada uno de nosotros. Hay que derribar estigmas, abrir espacios de escucha y garantizar que pedir ayuda sea visto como un acto de dignidad, y no como una debilidad.
Como sociedad, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para fortalecer el tejido social. La violencia no surge en el vacío; también se relaciona con entornos de aislamiento, desconfianza y pérdida del sentido de comunidad.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la paz. Pero no como una consigna, sino como una práctica cotidiana. La paz se construye a diario desde el respeto, el diálogo, la empatía, la capacidad de ver al otro como un igual. También implica fortalecer valores como la solidaridad, el acompañamiento y la corresponsabilidad. Entender que lo que le ocurre a uno nos involucra a todos.
México es una nación con una enorme riqueza cultural, histórica y humana. Lo ocurrido en Teotihuacán no puede definirnos, pero sí debe convocarnos a actuar con responsabilidad. Cuidémonos más, escuchémonos más, acompañémonos más. Porque sólo así podremos avanzar hacia un país donde la paz no sea nada más una aspiración, sino una realidad compartida.