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Cuauhtémoc se ha ido

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Por Eduardo López Betancourt

Debo decirlo sin moderación, estuve enamorado de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, y seguiré profesándole un cariño entrañable, absoluto; difícilmente volveré a sentir algo semejante por otra persona; nos unieron innumerables grandezas, generosidades y un profundo amor por México.

Cuauhtémoc llegó a mi vida con intensidad después del, a mi juicio, descarado robo de la Presidencia que sufrió en 1988. Carlos Navarrete Ruiz me dijo alguna vez: «Solo conozco a alguien que tiene el privilegio de tutearlo, tratarlo con confianza y hacerlo reír».

Triunfamos al llevarlo a ser el primer jefe de Gobierno de la Ciudad de México. No obstante, allí surgió una desavenencia, cuando, por conducto del presidente de la República, quiso proponerme como procurador de Justicia; no acepté, ya que estaba comprometido con proyectos profesionales, los cuales me darían autonomía económica, especialmente en beneficio de mi familia. Nos distanciamos durante cierto tiempo, hasta que Samuel del Villar propició la reconciliación.

Desde entonces, no transcurría un mes sin reunirnos para hablar de nuestra nación. Patriota como él, pocos, por eso le dolieron hondamente las desviaciones que, a partir de 2018, consideró contrarias a los ideales Cardenistas.

Cuauhtémoc señaló caminos que no fueron recorridos, su desencanto no nacía de un agravio personal, sino de la preocupación nacionalista ante el rumbo del país. Me comentó, sin reservas, que el Cardenismo había sido traicionado, aunque reconocía haber impulsado la democracia mexicana. Nunca hizo de los cargos públicos su objetivo; vivió entregado a sus convicciones. Anhelaba el progreso nacional, rechazaba la demagogia y padecía al observar el abandono de los principios del patriotismo, la justicia y el compromiso social, mismos que creía esenciales para construir una sociedad más equitativa.

Con su partida, Cuauhtémoc me deja tristeza, pero también la serenidad de esperar un reencuentro, ver nuevamente al ser amado y admirado, al patriota ejemplar, al mexicano excepcional, será para mí un honor. Su ausencia duele, pero su legado permanecerá por siempre.

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