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Por Eduardo López Betancourt
En México hay dos figuras que se alimentan mutuamente: el académico farsante y el político que pretende disfrazarse de estudioso; el primero busca plazas para ocultar su falta de investigación; el segundo, títulos para disimular sus nulas ideas.
El académico charlatán no tiene obra ni libros relevantes, solo fotografías en foros, constancias y currículums repletos de nombramientos; hoy se proclama experto en seguridad, mañana en inteligencia artificial y al siguiente día en reforma judicial; su producción, si existe, suele ser reciclada, verbigracia, artículos intrascendentes, publicaciones de dudosa calidad y que nadie consulta.
Por su parte, el mandatario de “pacotilla” descubrió que ya no basta con llamarse licenciado, ahora necesita presentarse como doctor o erudito en alguna materia; para conseguirlo, recurre a grados de incierta exigencia, presume su ingreso al Sistema Nacional de Investigadores como si fuese un Nobel, difunde ejemplares que difícilmente escribió y hace alarde de cátedras universitarias a las que apenas asiste.
La pregunta para desenmascararlos es sencilla: ¿cuál es tu creación de fondo? No tu cargo, diplomas ni retratos con funcionarios.
El fruto académico verdadero permanece incluso al desaparecer puestos y privilegios; puede debatirse, criticarse y resiste la evaluación de especialistas independientes. El letrado auténtico analiza un problema durante años, así como el método para abordarlo y una comunidad capaz de reconocerlo, hasta cuando se discrepa en sus conclusiones. El dirigente que finge ser un culto perjudica a ambos mundos, degrada la política al sustituir la preparación por simulación y envilece la universidad al enseñar que importa más acercarse al poder que originar conocimiento.
La solución no consiste en acumular credenciales, sino en demandar resultados, con menos documentos exhibidos ni gráficas con encumbrados y más exploraciones comprobables, a la par de libros que otros lean, señalen y discutan.
En nuestra patria sobran graduados de papel y escasean autores con obra, porque el prestigio en las aulas no se decreta, ni se compra o es motivo de jactancia, se construye con décadas de trabajo, rigor intelectual y aportaciones reales al saber.