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Voces estridentes de funcionario

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Por Eduardo López Betancourt

Los hombres del poder tienen la obligación de comunicarse con sus gobernados; sin embargo, muchos lo hacen con voces gárrulas, discordantes, como si departieran en una cantina y no desde una tribuna pública. Cuando la palabra es una de las principales herramientas del mandatario, no se puede improvisar.

Es indispensable aprender declamación, retórica, lectura en voz alta, respiración y manejo de pausas. Hablar con claridad exige ordenar los pensamientos, precisar conceptos y expresarse con lógica; quien no sabe transmitir sus conceptos difícilmente podrá convencer a los demás. Pero no es solo la estridencia, también preocupa la mentira, convertida en instrumento de gobierno. Se presumen obras inexistentes, cifras dudosas y logros imaginarios, el resultado es un pueblo cansado de escuchar alocuciones huecas y de perder la confianza en sus autoridades.

Gobernar reclama honestidad y responsabilidad; los gritos, insultos y majaderías no sustituyen los argumentos ni resuelven contrariedades. México merece funcionarios capaces de dirigirse a la ciudadanía con dignidad y veracidad. La historia ofrece ejemplos extraordinarios. Winston Churchill sostuvo a Inglaterra con una dialéctica firme; John F. Kennedy transformó sus oraciones en esperanza; Nelson Mandela se manifestó con serenidad y contribuyó a unir una nación dividida; de igual forma, Barack Obama demostró la preponderancia de un enunciado bien construido. Ninguno de ellos necesitaba confundir el volumen de su vocablo con la fuerza de las ideas.

En nuestra patria, Adolfo López Mateos destacó por su dicción y elocuencia; Jesús Reyes Heroles, por la puntualidad de su lenguaje y Adolfo Ruiz Cortines por su sobriedad; Manuel Clouthier, por su parte, supo conectar con la gente mediante un discurso directo y convincente.

La conclusión es sencilla: México no requiere individuos vocingleros, le faltan servidores públicos que sepan pronunciarse, pensar y, sobre todo, ser sinceros; si adolecen de preparación deberían tomar clases, pero si carecen de honradez, el problema es incluso más grave. La buena oratoria comienza con el respeto a la ciudadanía, y lo declarado por un dignatario sólo posee valor al estar respaldada por la verdad.

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