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El pasado 19 de octubre, abuela y nieta desaparecieron en el municipio de Ostuacán, Chiapas, dos días después, la abuela fue encontrada sin vida y el viernes 23, se localizó a la menor de 12 años, también sin vida y con huellas de violencia física y sexual; grupos locales y policía lograron dar con los presuntos agresores, pero la turba enfurecida terminó por linchar a uno de ellos.
Así las cosas en uno de los estados con mayor violencia a la mujer en donde los grupos indígenas tsotsiles suelen vestir con ropas femeninas, como acto de humillación, a aquellos que “no cumplen su palabra” o pierden autoridad, como sucedió hace diez años con el actual gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, retenido junto con Carlos Arturo Penagos a raíz de un conflicto poselectoral.
La violencia contra la mujer, que marca este hecho, aunada a la “costumbre” de que usar ropas femeninas es signo de degradación, muestra hasta qué punto están ancladas en las tradiciones indígenas y las urbanas, el machismo y la violencia. Sin importar que sea precisamente una figura femenina la más importante del país, las comunidades y las ciudades están insertadas en el machismo del que no acabamos de salir y que por desgracia, se acentúa en las poblaciones rurales.
Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), en lo que va del año 520 mujeres fueron víctimas de feminicidio en el país.
Sinaloa encabeza la lista; le siguen Estado de México, Tamaulipas; Ciudad de México, y Chiapas el quinto lugar, aunque no se cuenta el subregistro por las carpetas que se clasifican como homicidio doloso.
Un hombre muerto por linchamiento a manos de una turba enfurecida no remedia las dos muertes que se suman a la estadística, los miembros de esa turba regresarán a sus casas y seguirán con su propia violencia a puertas cerradas mientras los “usos y costumbres” sigan denigrando la figura femenina.
El machismo debería ser erradicado, proscrito y fuertemente cuestionado se presente donde se presente, sin embargo vemos hoy en redes sociales, supuestos “influencers” que fomentan esa figura, urgidos por una agenda política que viene tanto de partidos políticos como de potencias extranjeras. Hoy, abiertamente se pretende, de nuevo, ir al oscurantismo y llevar a las mujeres al silencio, al sometimiento absoluto (como el que hace no mucho existía en la España franquista), y confinarlas al encierro en sus casas, porque su sola presencia representa un desafío y no deben ser más allá del objeto como lo fue la menor Ariana, que a sus 12 años murió a manos de su depredador, y de su abuela Miriam, asesinada por defenderla.
Ana María Vázquez
Dramaturga/Escritora
@Anamariavazquez