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Krauze, León y el Tigre

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Por Ricardo Sevilla

Enrique Krauze coronó a su hijo León como subdirector de Letras Libres. La dinastía cultural se blinda en casa. El mérito, como suele suceder en México, no es trabajo; es sangre.

En el medio intelectual –si es que eso todavía existe–, las ironías no se hacen esperar. Los críticos murmuran que “Leoncito” –así le dicen– carece de méritos propios. Y no les falta razón. Desde 1999, la carrera de este personaje gravita bajo la órbita paterna. Con sarcasmo, las huestes literarias y periodísticas señalan que es una burla porque su padre fundó y dirige la revista.

¡Pero tiene su podcast!, dicen sus distraídos defensores. Y sí, lo tiene. Pero la creatividad del primogénito de Krauze brilla en el servidor familiar. Conduce su podcast Ciberdiálogos en el sitio de Letras Libres. Habiendo espacio gratis en la hacienda editorial del patriarca, ¿para qué pagar renta fuera? ¿Querían que rodara sobre espinas? El destino fue benevolente: le regaló un apellido influyente.

El currículum de León huele a monopolio. Editorial Clío y Televisa no son escalas ajenas. Enrique Krauze fundó Clío con “El Tigre” Azcárraga. Entre el historiador conservador el y magnate televisivo germinó una lucrativa amistad neoliberal.

Muerto el patriarca, el negocio siguió con el heredero. Televisa mantuvo a Clío como proveedora oficial de historia en horario estelar. Las pautas publicitarias fluyeron con generosidad. Y ahí estuvo León.

Las puertas de Tercer Grado y Foro TV se abrieron sin fricciones. La presión paterna colocó a Leoncito hasta en la televisión hispana de Los Ángeles. Todo ganado a pulso. A pulso de apellido.

¿Quién no arroparía a su hijo?, alegan algunos. Pero el problema, más allá de las ironías, no es el amor filial; es la simulación intelectual.

Y es que mientras miles de periodistas y académicos independientes enfrentan la precarización, el desamparo laboral y la censura, los herederos de las vacas sagradas ocupan las cúpulas directivas por el solo mérito de su código genético.

Lamentablemente, la endogamia intelectual mexicana opera así: un círculo cerrado donde las cúpulas se reparten cargos, pautas publicitarias y reflector sin pasar jamás por el filtro de la competencia real.

Y, la neta, como dicen en mi barrio, no es talento, es nepotismo ilustrado disfrazado de prestigio intelectual.

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