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La ciudad que nos está rebasando

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Por Ana E. Rosete

A los 35 años, una ya aprendió a distinguir entre vivir en una ciudad y sobrevivirla. En la Ciudad de México, buena parte de la vida se nos va en llegar al trabajo, encontrar una vivienda que podamos pagar, esquivar baches, soportar el tráfico y calcular si volver a casa de noche será seguro.

La capital tiene muchos rostros, pero hay uno que se repite demasiado: el de una ciudad que exige cada vez más a quienes la habitamos y devuelve cada vez menos tranquilidad.

La crisis de vivienda es uno de sus problemas más graves. Rentar un departamento se ha convertido en un lujo para miles de jóvenes que trabajan, estudian y cumplen con sus obligaciones, pero no ganan lo suficiente para independizarse sin destinar la mayor parte de sus ingresos a un techo. Y mientras los precios suben, el derecho a permanecer en los barrios donde crecimos parece estar en venta.

El agua tampoco puede seguir tratándose como una emergencia pasajera. Hay colonias donde abrir la llave no garantiza que salga una sola gota, mientras la desigualdad en el acceso al servicio exhibe las dos ciudades que conviven en una misma capital.

A eso se suman los traslados interminables, el transporte saturado, la contaminación, las inundaciones y una infraestructura que parece insuficiente frente al tamaño de la población. Vivimos corriendo, respirando aire sucio y perdiendo horas que nunca recuperaremos.

La inseguridad completa el panorama. Para muchas mujeres, regresar a casa implica avisar que ya llegaron, compartir la ubicación en tiempo real y cambiar de ruta por miedo. La libertad de caminar sin temor todavía es una deuda pendiente.

Y hay otro problema del que se habla menos: el agotamiento. La presión económica, la precariedad laboral y la falta de tiempo para vivir convierten la rutina en una carrera permanente.

La Ciudad de México no necesita solamente obras, anuncios o discursos optimistas. Necesita políticas públicas que se noten en la vida cotidiana, presupuestos bien ejercidos y autoridades capaces de escuchar más allá de sus propias agendas.

A los 35 años, no quiero resignarme a pensar que así es la vida adulta. Quiero una ciudad donde trabajar alcance para vivir, donde el agua no sea un privilegio y donde volver a casa no sea una preocupación.

Porque una capital no se mide por lo que presume, sino por la dignidad con la que permite vivir a quienes la sostienen todos los días.

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