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Por Eduardo López Betancourt
Pretendió tomar las riendas del gobierno de Sinaloa el gobernador Rubén Rocha Moya, quien se ostenta como doctor.
Al sujeto en cuestión parece se le olvidó que fue producto de un proceso político donde el capricho es lo cotidiano. Quien llega al poder lo hace por decisión de quien manda en el País. Incluso los supuestos opositores cuentan con la gracia de quien dispone. Por ello, la conducta de Rocha resultó inexplicable. Entiéndase bien: quien lo puso, lo quita. Lo encumbró el poder de facto que ahora, con el elemental principio de lealtad, obligó a que Rocha “no se brincara las trancas”, como cotidianamente se dice.
El tema es más profundo que la simple dimisión o la imprudente reintegración. La cuestión relevante es el narcotráfico, donde hubo indicios de que el supuesto doctor Rocha estuvo implicado. De aquí formulamos una precisión que implica respeto: quien sería doctor, como su nombre lo indica, debería ser un docto, un sabio, y en ese renglón el sorprendente gobernador presume un doctorado en Ciencias Sociales. Valdría la pena investigar si ese supuesto grado lo obtuvo por arreglos que se dan cotidianamente en los medios políticos como actos de favoritismo académico. En el caso concreto, no se conoce ninguna obra académica del supuesto doctor, quien parece ser que la sabiduría que da un doctorado no la supo aplicar en una imprudente decisión que puso a sufrir a todo un gobierno.
Rocha tendrá que entender que es una simple marioneta del sistema político mexicano, donde la obediencia absoluta y ciega es la normatividad. Rocha se va, o ya se fue sin tardanza, solo dejando huella, con más intensidad, sobre sus sospechosas relaciones con el hampa, donde la droga ocupa el lugar estelar.
Por supuesto, bien sabemos que Rocha, como presunto delincuente, no ha actuado solo. Será interesante y esencial conocer la trama y las complicidades del sedicente doctor Rocha.