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Por Ana E. Rosete
Tengo varios días con un sentimiento atorado en la garganta y en el pecho.
A las mujeres nos enseñaron que ser madre era un destino. Y cuando no se cumple, pareciera que somos incompletas.
El caso de Alejandra Marín, quien en 2009 robó a una recién nacida del Hospital General de México, vuelve a los reflectores con el documental Un hijo propio. Sí: robó una bebé y la separó de su madre. Cometió un delito y debía responder por él. Ningún discurso feminista puede borrar eso.
Pero llamarla simplemente “una enferma” tampoco explica lo ocurrido.
Detrás del robo había una mujer que sufrió pérdidas gestacionales y construyó una mentira alrededor de un embarazo inexistente. Fingió durante meses, cambió su cuerpo y sostuvo una historia que terminó siendo una cárcel emocional.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿cuánto de esa desesperación fue suyo y cuánto fue impuesto por una sociedad que todavía dicta cómo debe verse una vida exitosa?
Casarte. Tener hijos. Formar una familia. Ser buena esposa. Darle un hijo a tu marido.
No son leyes, pero durante generaciones han funcionado como tales. Y cuando además existe una pareja machista que coloca sobre la mujer la responsabilidad de cumplir ese proyecto familiar, la presión puede ser brutal.
Eso no la convierte en víctima del delito. La bebé y su madre sí lo fueron.
Pero una mujer puede ser responsable de algo terrible y, al mismo tiempo, haber sido moldeada por una sociedad que le enseñó que su valor estaba ligado a la maternidad.
El problema empieza mucho antes del robo: cuando preguntamos cuándo tendrá hijos, cuando creemos que una pareja está incompleta sin descendencia y cuando todos opinan sobre su cuerpo.
Así dejamos de preguntar qué quiere una mujer y empezamos a decirle qué debería querer.
Alejandra pagó 13 años de prisión. Pero su castigo más profundo estuvo afuera: descubrir que la vida que imaginó ya no existía.
Hay condenas que terminan al abrirse una puerta. Ésta no.
El feminismo no consiste en defender a las mujeres de las consecuencias de sus actos. También consiste en cuestionar las reglas que durante siglos les dijeron cómo vivir.
Porque ningún hijo debería ser una prueba de amor. Y ninguna mujer debería sentir que su vida vale menos porque no pudo tenerlo.