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Por Ricardo Sevilla
Vicente Fox admitió que durante su sexenio hubieron las condiciones para implementar un incremento sustancial al salario mínimo.
Pero ¿qué cree? Que el expresidente panista reconoció que prefirió ceder ante la negativa rotunda de la cúpula empresarial del país, una decisión que postergó por casi dos décadas la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores mexicanos.
Y es que, durante décadas, la política salarial se mantuvo bajo un paradigma ortodoxo: cualquier aumento por encima de la inflación anual proyectada era calificado como un detonante inminente de espiral inflacionaria y pérdida de competitividad.
Bajo esta idea tecnocrática, promovida por organismos internacionales y las cámaras empresariales locales, los gobiernos neoliberales congelaron el ingreso básico de millones de familias mexicanas.
Fox reveló que en su momento contempló romper con esa inercia; sin embargo, las presiones del sector privado terminaron por imponerse en la agenda económica de su administración.
Los empresarios, viendo por sus propios intereses, como siempre, le dijeron que un alza de esa magnitud derivaría en quiebras masivas, desempleo y descalabro macroeconómico. El temor a desequilibrar las métricas de la macroeconomía se antepuso a la necesidad social de dignificar los sueldos.
El contraste se materializó años después con la llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.
El tabasqueño, a diferencia de sus predecesores, impulsó incrementos sostenidos al salario mínimo —alcanzando alzas de dos dígitos anuales y duplicando su valor real en términos generales— sin que se desencadenaran las catástrofes económicas anunciadas por el empresariado.
El propio Vicente Fox calificó esta medida de la actual administración como un acierto indiscutible.
El reconocimiento tardío de Fox es la prueba del sometimiento del Estado ante el Consejo Coordinador Empresarial y las cúpulas patronales.
Al subordinar la política salarial a los dogmas y exigencias del sector privado, el panista lenguaraz decidió avalar un esquema de explotación que subordinó la dignidad de millones de trabajadores al margen de ganancia de un puñado de corporativos. ¡Qué poca la suya!