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Por Eduardo López Betancourt
Puertas a la modernidad
En última instancia, los aeropuertos son la puerta principal del turismo internacional. Incluso localidades pequeñas disponen de terminales funcionales, situación que, lamentablemente, no se replica en la Ciudad de México.
Recientemente visité El Salvador. Su capital, San Salvador, posee una terminal aérea acogedora: desde el inicio, el arribo es cómodo y toda su arquitectura resulta sumamente agradable. El transporte está a la altura de las instalaciones, eficiente y confortable, y no se perciben abusos. En todos los rubros (restaurantes, agencias de viajes, arrendadoras de automóviles) atiende personal capacitado y muy amable.
Si bien no es una urbe masiva, pensemos ahora en una metrópoli con millones de habitantes, como Seúl, capital de Corea del Sur. La belleza de su aeropuerto no tiene comparación; en cada espacio se respira confort y podría decirse que el lujo es parte de lo cotidiano. Sus distintos edificios destacan por una arquitectura excepcional.
Los vehículos particulares cuentan con amplios estacionamientos, y las zonas de taxis y plataformas como Uber disponen de accesos ordenados, sin conflicto alguno entre ambos servicios. Podríamos seguir enumerando las cualidades sobresalientes del aeropuerto de Incheon, pero duele constatar que en la Ciudad de México se nos haya privado de una terminal con comodidades mínimas de acceso.
En Seúl también hay tráfico, sobre todo en horas pico, pero cuentan con avenidas de hasta siete carriles. En cambio, en México el único ingreso viable es el Viaducto Miguel Alemán, con apenas dos carriles, lo cual resulta penoso. No dejamos de preguntarnos por qué otras naciones progresan a ese ritmo. Conocí Corea del Sur hace dos décadas, y en esos veinte años ha experimentado una transformación impresionante: se percibe desarrollo, un ambiente grato y una sociedad ajena al egoísmo y al rencor.
