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Por Lengua Larga
Los baches serán su legado
Hay funcionarios que inauguran obras. Y hay otros que inauguran discursos. Raúl Basulto parece decidido a pertenecer al segundo grupo.
Desde que llegó a la Secretaría de Obras y Servicios, la narrativa ha sido impecable: UTOPÍAS, transformación, recuperación del espacio público, movilidad, derechos y un largo catálogo de palabras bonitas. El problema es que la ciudad no se gobierna con boletines; se gobierna con calles que no parezcan campo minado.
Porque, mientras en las conferencias abundan los renders y las cifras kilométricas, en la realidad abundan los baches que reaparecen más rápido que un político en campaña. Cada lluvia vuelve a exhibir una ciudad donde el drenaje sigue rebasado, las inundaciones se repiten como tradición y las luminarias apagadas convierten colonias enteras en escenarios perfectos para la delincuencia.
Basulto presume cientos de miles de baches atendidos. Curioso. Porque basta recorrer las vialidades primarias para descubrir que muchos sobrevivieron al supuesto operativo… o quizá tienen vocación de inmortalidad.
En el Congreso local, incluso legisladores cuestionaron el estado de las vialidades, el alumbrado, los socavones y el drenaje, mientras la SOBSE presume avances monumentales. La diferencia entre el discurso oficial y el pavimento es que uno siempre luce impecable; el otro siempre termina roto.
Y, mientras la dependencia concentra buena parte de sus reflectores en las obras rumbo al Mundial, millones de capitalinos siguen jugando otro campeonato: el de esquivar hoyos, brincar charcos y rezar para que una coladera no decida tragarse el automóvil.
Quizá el verdadero legado de la SOBSE no sean las obras emblemáticas. Quizá sea haber perfeccionado el arte de vender una ciudad de primer mundo… sobre banquetas de tercer nivel.
Porque gobernar la infraestructura no consiste en cortar listones. Consiste en que la lluvia deje de exhibirte, que los postes sí prendan y que los baches dejen de tener más permanencia que algunos funcionarios.
Al final, las conferencias terminan, los boletines se archivan y los discursos se olvidan. Lo único que permanece… son los hoyos. Y esos, por desgracia, sí los pisan todos los días los capitalinos.
