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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
La conferencia matutina encabezada la semana pasada por la presidenta Claudia Sheinbaum en Toluca, dejó un mensaje que trasciende la agenda de seguridad presentada ese día.
Más allá de las cifras oficiales sobre la disminución de diversos delitos, el hecho político relevante fue la disposición de la mandataria para responder, sin intermediarios, los cuestionamientos formulados por la prensa. En un escenario público, con preguntas abiertas y sin limitar los temas, el ejercicio envió una señal de apertura que difícilmente puede ignorarse.
En momentos en que distintos sectores de la ultraderecha insisten en construir la narrativa de que México avanza hacia una supuesta dictadura, la realidad ofrece un contraste evidente.
Un gobierno que comparece, explica decisiones, enfrenta cuestionamientos y sostiene un diálogo permanente con los medios difícilmente encaja en esa definición. La crítica es parte esencial de cualquier democracia y solo adquiere valor cuando existe la posibilidad de expresarla de manera pública.
La visita de Sheinbaum a Toluca recordó que la fortaleza democrática no se mide por la ausencia de diferencias, sino por la capacidad de procesarlas con diálogo, transparencia y rendición de cuentas. Frente a quienes proponen el autoritarismo como solución, la respuesta debe seguir siendo más democracia, más participación y más debate público.
Eso no significa que el gobierno esté exento de errores o deba quedar al margen del escrutinio ciudadano. Por el contrario, la democracia participativa exige gobiernos abiertos, periodistas críticos y una sociedad que cuestione permanentemente al poder. Sin embargo, también obliga a distinguir entre la crítica sustentada y los discursos que buscan desacreditar las instituciones mediante la exageración o la desinformación.
