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Por Ceci Vadillo
Perdimos, sí. Pero hay derrotas que no saben a fracaso. La eliminación de México frente a Inglaterra cerró el sueño de un Mundial en casa, pero también dejó una certeza: este país volvió a creer en sí mismo.
Durante décadas nos acostumbramos a competir con miedo, a conformarnos con la frase de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Esta vez fue distinto. México salió a disputar el partido de tú a tú contra una de las mejores selecciones del mundo. Peleó hasta el último minuto.
Esta generación rompió inercias que parecían eternas. Mantuvo la portería en cero durante cuatro partidos, por primera vez en cuarenta años, desde aquel México 86, ganamos un partido de eliminación directa y devolvió a millones de mexicanos la ilusión de ver a una selección que representa lo mejor del país: disciplina, trabajo colectivo y convicción.
Por eso comparto las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum: a veces se gana y a veces se aprende. No es una frase de resignación, sino una forma de entender que los grandes proyectos se construyen con perseverancia, incluso después de los tropiezos.
El Mundial también mostró otro rostro de México. Mientras algunos apostaban por el fracaso y anunciaban caos, el país respondió con organización, hospitalidad y alegría. Volvimos a demostrar que sabemos recibir al mundo con dignidad y que somos capaces de organizar eventos de talla internacional con éxito. Ninguna otra nación ha organizado tres Copas del Mundo y ninguna ciudad había inaugurado tres Mundiales. Ese también es motivo de orgullo.
El deporte siempre refleja algo más profundo que un marcador. Nos recuerda que el éxito no depende de la improvisación, sino de la constancia; que los resultados llegan cuando existe un proyecto, cuando hay equipo y cuando millones empujan en la misma dirección.
A esta Selección solo queda decirle gracias. Nos hizo soñar otra vez y nos recordó que el futuro puede ser distinto.
Porque el mensaje trasciende al fútbol: México avanza cuando deja atrás el derrotismo y confía en sus propias capacidades. Esa es la lección de este Mundial y también el desafío de nuestro tiempo.
No levantamos la copa, pero recuperamos algo igual de importante: la confianza de que este país puede competir con cualquiera cuando juega unido.
La cabeza en alto, el corazón a la izquierda y la mirada, como siempre, puesta hacia adelante.