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Por Jorge Gómez Naredo
@jgnaredo
Durante todo el Mundial me estuve preguntando si la euforia vivida por millones de mexicanos era común en este tipo de eventos deportivos. Busqué en mis recuerdos y sí: evidentemente, cuando se celebra la Copa del Mundo, la gente en nuestro país entra en un estado de emoción y esperanza muy particular. Eso, sin duda, no es exclusivo de México: ocurre en buena parte del mundo. Sin embargo, en este Mundial hubo algo distinto.
Gracias a las redes sociales y a la inmediatez comunicacional, comenzaron a circular momentos que antes difícilmente habrían sido registrados por la prensa. Y fue entonces cuando empezó a vislumbrarse un México hospitalario, alegre, desinhibido, entusiasta, solidario e inventivo.
Ahora bien, si estos momentos se hubieran generalizado y visibilizado en otro momento histórico, quizá no habrían provocado lo que en este 2026. Porque, a diferencia de otros años, hoy el pueblo reivindicó su singularidad. Y al hacerlo, reivindicó también su pasado, su presente y su forma de estar en el mundo.
Eso también fue reconocido por muchísimas personas de otras naciones. Para no ir muy lejos: la mayoría de los ingleses que acudieron el domingo al Estadio Azteca salieron emocionados no sólo por el triunfo de su selección, sino por lo mágico de nuestro pueblo.
El mundo, pues, nos reconoció como una nación única.
En esto, tuvo mucho que ver Andrés Manuel López Obrador. Sí, AMLO. Fue él quien puso al pueblo en el centro de todo. Con ello, nos enseñó que jamás debemos avergonzarnos de lo que somos. Al contrario, nos recordó nuestra singularidad: venimos de un pasado inigualable y, como nación, somos profundamente poderosos.
Quizá por eso este Mundial se vivió de una manera distinta. Porque no solo vimos fútbol. También nos vimos a nosotros mismos. Nos reconocimos en la fiesta, en la calle, en el canto, en la hospitalidad, en el orgullo y en esa capacidad tan mexicana de convertir cualquier momento en celebración colectiva.
Ojalá que, en el futuro, eso que se ha construido alrededor de nuestra identidad le dé a la Selección Nacional el combustible que necesita para ganar -sí, no exagero- una Copa del Mundo.