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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Hace algunos días nos referimos a Lenia Batres como una jurista de la nueva cepa, donde lo que menos importa es la doctrina, el análisis profundo de las diversas corrientes del derecho, incluidas aquellas de corte marxista.
Tengamos presente que Carlos Marx fue un jurista destacado, pero jamás se atrevió a desconocer los valores del mundo griego ni del romano. Sostuvo sus tesis revolucionarias dando siempre lugar a la discusión, sin ánimo de descalificar y mucho menos de marginar los intrínsecos y respetables derechos humanos.
Lenia ha cruzado esa frontera del derecho, ignorando, amparada en el poder del que actualmente goza, los fundamentos del derecho mexicano, pretendiendo conducirlo hacia posturas tiránicas y absolutistas. Entre tantas resoluciones imprudentes, irreflexivas y, lo más grave, carentes de fundamento, destaca su propuesta de que no es necesario cubrir determinadas horas de actividad académica ni exigir a los estudiantes un nivel mínimo de aprovechamiento escolar.
Más allá de su papel como educadora y jurista, Lenia Batres impulsó un proyecto aprobado por sus colegas en el que los alumnos ya no están obligados a asistir al ochenta por ciento de las clases, ni a aprobar cinco asignaturas para avanzar al siguiente curso: basta con acreditar cuatro materias. En otras palabras, para Lenia, la asistencia es irrelevante y ningún alumno debería preocuparse por aprender, pues al final todos pasarán de año.
Es indudable que un pueblo ignorante es presa fácil de la rapiña de políticos deshonestos, muchos de ellos francamente impresentables, quienes sostienen que el analfabetismo es el mejor aliado de la demagogia y de la perpetuación en el poder de los malos gobiernos.
Un pueblo culto y bien informado difícilmente es engañado, y menos aún esclavizado mediante dádivas y promesas cargadas de mentiras, ajenas al patriotismo y a la decencia. Una educación sólida sigue siendo la única garantía de un País mejor.