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Por Lengua Larga
Si alguien todavía tenía dudas de que la política capitalina vive atrapada entre el meme y la propaganda, bastó ver al secretario de Gobierno, César Cravioto, sacar un jarabe naturista frente a la cámara y recomendarlo para quienes “la hacen de tos” por la transformación de la ciudad. El producto se llama Ajolotius, sí, como el ajolote convertido en mascota oficial de esta administración. Y sí, la ocurrencia terminó siendo más comentada que varias obras públicas.
Porque mientras miles de capitalinos pasan horas atrapados entre cierres, estaciones inconclusas, obras a contrarreloj rumbo al Mundial y vialidades parchadas, desde el gobierno decidieron responder con un sketch. La apuesta era clara: reírse de la crítica y convertir el descontento en un chiste interno. El problema es que cuando la ciudad está bajo presión, la línea entre humor y desconexión se vuelve peligrosamente delgada.
La frase fue sencilla: si les molesta la “ajolotización”, tómense un jarabe. Cravioto dijo que lo compró porque tenía tos y aprovechó para mandarle mensaje a quienes cuestionan la invasión visual de ajolotes, murales morados y símbolos que han colonizado infraestructura, transporte y espacios públicos. La respuesta no tardó: usuarios y opositores le recordaron que la gente no protesta por un anfibio sonriente; protesta por retrasos, inundaciones, obras improvisadas y servicios que siguen sin estar a la altura.
Y ahí está el detalle que parece escaparse en Palacio del Ayuntamiento: la narrativa del ajolote funciona cuando acompaña resultados, no cuando intenta sustituirlos. Porque pintar un convoy, bautizar un proyecto o llenar la ciudad de personajes caricaturizados puede construir identidad, pero no reduce tiempos de traslado ni evita que la gente llegue tarde al trabajo. Incluso analistas han señalado que el gobierno capitalino ha convertido al ajolote en un eje narrativo de identidad urbana rumbo al Mundial 2026. El riesgo, advertían, era que el símbolo terminara devorando la realidad. Quizá ese momento ya llegó.
Por cierto, el jarabe existe desde hace décadas, es una marca mexicana ligada a productos herbolarios y presume incluso acciones de conservación del ajolote. El problema nunca fue el producto. El problema fue usarlo como respuesta política.
En política, burlarse de la crítica suele salir caro. Más cuando la ciudad sigue haciendo fila, esquivando obras y tragando polvo. Porque hay algo peor que “hacerla de tos”: gobernar creyendo que todo se cura con marketing.