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Lenia Batres, la jurista

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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

La singular trayectoria de Lenia Batres como abogada la llevó a transitar por diversas instituciones académicas sin lograr arraigo en la UNAM. No obstante, ha mantenido una presencia constante en la política mexicana, siempre bajo la sombra de su hermano Martí, quien en materia de favorecer a los suyos se muestra notablemente generoso: cada vez que ocupa un cargo público, recuerda puntualmente a su familia y a las parejas de sus integrantes. Claro está, no debe interpretarse esto como nepotismo, sino, según la versión oficial, como una afortunada coincidencia de talentos.

Volviendo a Lenia: no la conocí como estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, sino a través de mi programa radiofónico Valor Civil, que durante varios años conduje de lunes a viernes a las nueve de la noche en la radiodifusión mexicana. En aquel espacio no se desenvolvía con particular soltura, aunque siempre consideré fundamental abrir el micrófono a las voces femeninas. Le agradezco su disposición para acompañarme en el análisis de múltiples temas de orden político; sin embargo, jamás me mostró esa faceta de jurista que hoy esgrime con tanto énfasis.

Recientemente fue designada por López Obrador como ministra de la Corte, nombramiento inusual, toda vez que la norma establecía que quienes alcanzaban tan alta distinción eran designados por el Senado. Al no llegar a un acuerdo la Cámara Alta, López Obrador, en un acto que no puede calificarse sino de autoritario, impuso a Lenia en el cargo. Lo más llamativo fue que ella misma se autoproclamó “la ministra del pueblo”, evocando quizás los ecos de la Revolución Francesa. No conforme con la designación presidencial, aspiró también a la Presidencia del máximo tribunal del país. Algún día, sin ánimo de ofender, habré de encontrarme con Lenia y preguntarle si se considera realmente preparada para tan alta investidura.

Al final, no alcanzó su objetivo y quedó en segundo lugar; no obstante, esa posición le allana el camino para convertirse en la primera presidenta del Máximo Tribunal, tribuna desde la cual pretenderá impartir cátedra sobre el nuevo derecho mexicano: ese en el que la cosa juzgada ha dejado de existir y en el que el juicio de amparo marcha inexorablemente hacia el cementerio jurídico. Conviene recordarlo: el amparo fue durante décadas un orgullo nacional, una de las aportaciones más valiosas de México al derecho universal. Hoy, lamentablemente, el juicio de amparo. Simplemente ya no existe.

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