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Por Jorge Gómez Naredo
@jgnaredo
Las campañas de mentiras de la oposición en México han arreciado. Ya no se trata de una, dos o tres falsedades: hoy inventan decenas -a veces cientos- todos los días, y las difunden tanto comunicadores de los medios tradicionales como “influencers” en redes sociales. Ese entramado de falacias, por supuesto, tiene un costo económico enorme.
En los últimos meses, lo que ya era abundante se volvió una avalancha. Diario se fabrican mentiras; diario se repiten; diario cuentas anónimas en distintas plataformas las comparten y las magnifican hasta convertirlas en “tendencia” o en ruido de fondo permanente.
¿A qué se debe esta intensificación de campañas negras? Hay varias explicaciones, pero una destaca por encima de las demás: estas campañas, a diferencia de otras etapas, cuentan con el respaldo de Estados Unidos.
Sí: desde hace meses, la administración de Donald Trump ha operado en distintos países con una lógica de desestabilización. Y, en ese contexto, la guerra sucia de la oposición mexicana no sólo está alentada desde afuera; todo indica que también puede estar siendo apuntalada -y en parte financiada- con recursos e intereses vinculados a esa estrategia.
Se nota en la forma en que han activado su maquinaria. A partir de la acusación presentada en un juzgado de Estados Unidos contra varios funcionarios morenistas de Sinaloa, por supuestos nexos con el narcotráfico, se desató una ofensiva comunicativa brutal: mentiras grotescas, datos fuera de contexto, verdades a medias y campañas de desprestigio empaquetadas como si fueran “investigación” o “denuncia”.
Lo que hoy ocurre en México no es una batalla democrática normal -esa donde la oposición critica al gobierno y el gobierno responde-. No. Lo que estamos viendo es la intervención de un gobierno extranjero en la disputa política mexicana.
Y Estados Unidos, seamos honestos, es un país con un largo historial intervencionista. La historia no sólo lo sugiere: lo documenta. Por eso, una oposición mexicana que aplaude o respalda ese intervencionismo no es una oposición “valiente” ni “crítica”: es una oposición traidora a la patria. Así de simple.