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La fosa que nadie quiso ver 

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Por Ana E. Rosete

Hay historias que no se cierran: se pudren bajo tierra. En Tláhuac, lo que hoy emerge en forma de restos óseos (más de mil 300 en los límites con Chalco) no es un hallazgo aislado: es la confirmación tardía de una tragedia anunciada.

Hace una década, en otra redacción, conté la historia de Trinidad. Una madre que buscaba a su hijo, arrancado por el cártel de Tláhuac para convertirlo en halcón, en carne útil para vigilar calles y vender droga. Detrás de ese engranaje estaba Felipe de Jesús Pérez Luna, “El Ojos”, cuya sombra se extendía con la complicidad del silencio. Trinidad no pidió favores: exigió respuestas en la explanada de la entonces delegación, frente al gobierno de Rigoberto Salgado. Nadie la escuchó.

Ya entonces había reportes de más de 64 jóvenes desaparecidos, muchachos de entre 15 y 18 años tragados por un territorio que dejó de pertenecerle a la ciudad para responder a una lógica criminal. Hoy, cuando la tierra devuelve huesos, lo que vemos no es sorpresa: es omisión acumulada.

Las chinampas, símbolo de vida, y los parajes despoblados de esa franja se transformaron en el escondite perfecto. Ahí donde debería cultivarse alimento, se sembró impunidad. La geografía fue aliada del crimen, pero la negligencia institucional fue su verdadero fertilizante. Porque para que una fosa clandestina crezca hasta estas dimensiones, no basta la violencia: se requiere la ausencia deliberada del Estado.

“Soy un hombre respetado… el territorio es nuestro”, decía el narcorrido de “El Ojos”. Y lo fue. Lo fue porque nadie disputó en serio ese control. Porque mientras madres como Trinidad tocaban puertas, las autoridades miraban hacia otro lado o, peor aún, administraban la crisis como si fuera inevitable.

Hoy, frente a los restos, la pregunta no es solo de quiénes son, sino por qué nadie los buscó con la urgencia debida. Cuántas Trinidades más quedaron solas. Cuántas denuncias se archivaron. Cuántas patrullas no entraron a esas zonas. Cuántas veces se prefirió el parte administrativo sobre la intervención real.

Las fosas clandestinas en Tláhuac no son únicamente evidencia criminal: son prueba de un Estado que llegó tarde, si es que llegó. Y mientras no se nombre esa responsabilidad con todas sus letras, el riesgo es que la tierra siga hablando… porque el Estado y nosotros no quisimos escuchar a tiempo.

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