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Juan R. Hernández
Ciudad de México.- Mientras las campanas llaman a la reflexión, en las calles el ruido es otro: el del “pásele güerita”, el chisporroteo del comal y el regateo por una palma bendita. La Semana Santa 2026 no solo mueve la fe, también dispara el comercio informal, que según estimaciones de organismos empresariales suma más de 150 mil trabajadores temporales en la capital.
De acuerdo con la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo (CANACO) CDMX, la derrama económica superará los 24 mil 551 millones de pesos, un crecimiento del 15.5% respecto a 2025. Pero buena parte de ese dinero circula fuera de lo formal, en banquetas, atrios y calles abarrotadas.

Un ejército de familias enteras llega desde el Estado de México, Morelos, Tlaxcala y Puebla para “hacer su agosto” en plena Semana Mayor. En puntos como la Catedral Metropolitana, Xochimilco, Milpa Alta, Iztapalapa o Coyoacán, los puestos ambulantes brotan por doquier: garnachas, quesadillas, dulces típicos, refrescos bien fríos, recuerditos religiosos, camisetas con imágenes sacras y hasta cruces de palma tejidas al momento.
El INEGI reporta más de 2 mil 300 negocios formales de pescados y mariscos en la ciudad, pero en estos días el número de puestos callejeros se triplica, dejando claro que la economía real se vive a ras de banqueta.
Y si de negocio se trata, los “franeleros” no se quedan atrás. En zonas como la Basílica de Guadalupe o Iztapalapa, donde se espera la visita de millones de personas, estos personajes se adueñan de las calles cobrando entre 100 y 150 pesos por un lugar improvisado. Dinero en efectivo, sin ticket y sin regulación.
Para muchos, este ingreso es vital. Son los llamados “trabajadores de los siete días”, personas que solo aparecen en estas fechas y que logran en una semana lo que no juntan en meses. Sin embargo, para el comercio establecido representa competencia desleal.
Autoridades como la Secretaría de Desarrollo Económico enfrentan el reto de equilibrar la balanza: permitir el sustento de miles de familias sin que el desorden afecte movilidad y seguridad. Así, entre procesiones, viacrucis y rezos, la capital vive otra realidad: una economía paralela que florece con la fe y desaparece tras el último amén.