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Intelectuales orgánicos se autopremian

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Por Ricardo Sevilla

La burocracia dorada de la UNAM sigue extendiendo sus tentáculos pulposos.

Y es que el ganador del Premio Cervantes de Literatura 2025 destapa, una vez más, la opaca dinámica de favores y repartición de prebendas en la élite cultural mexicana.

El ganador es un personaje llamado Gonzalo Celorio. ¿Lo conoce? ¿No? Yo le cuento.

Mucho que apuntar en ese tema.

Más allá de su obra literaria, la trayectoria de Celorio revela un profundo entrelazamiento con el poder político y la burocracia dorada, convirtiendo los premios en una moneda de intercambiomás que en un reconocimiento puramente artístico.

El caso del Premio Cervantes es el más flagrante.

¿Por qué? Porque Celorio, como director de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), forma parte de la organización que propone el premio al Ministerio de Cultura de España.

Y seamos claros: esta posición le permitió a Celorio recibir un galardón que, de facto, representa un autopremio o, al menos, un conflicto de interés institucionalizado que pone por los suelos la legitimidad del máximo reconocimiento de la lengua española.

Pero hay más telón de fondo.

Y es que la recurrencia de premios a Celorio y su círculo (Premio Nacional de Ciencias y Artes, Premio Mazatlán) durante sexenios panistas, en paralelo con figuras como Rafael Pérez Gay (Nexos) y Jaime Labastida Ochoa (hermano de un exgobernador priista), revela que estos galardones funcionan, en realidad, como trofeos por lealtad o pertenencia, garantizando la consolidación de favores entre la clase política y los llamados “intelectuales orgánicos”.

Y la neta, como dicen en mi barrio, estos reconocimientos no se asignan por concurso abierto ni por talento intelectual, sino por una lealtad que dota de prestigio cultural a las estructuras de poder que los encumbran.

Lamentablemente, el mensaje es claro: en la cúpula, el capital simbólico se negocia y se hereda, dejando a la inmensa mayoría de escritores y escritoras fuera de los circuitos de acceso a la fama y el reconocimiento.

Y eso lo saben muy bien en la casta dorada de la UNAM y los estultos intelectuales orgánicos.

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